Por: Juan Severino

Cuba atraviesa hoy una de las crisis más profundas y desesperanzadoras de su historia moderna. En buen dominicano: ¡Los cubanos se están tragando un cable! Lo que el discurso oficial intenta maquillar como “dificultades coyunturales” es, en realidad, el fracaso sistémico de un modelo económico centralizado en el Estado que, tras casi 70 años, solo ha logrado institucionalizar la ineficiencia. Y cabe la pregunta: ¿Hasta dónde, coño, llega la testarudez que insiste en lo imposible?
La cruda realidad del cubano hoy se define por estantes vacíos, un sistema de salud en ruinas y una asfixiante falta de libertades civiles, de prensa y de empresa. Las familias hacen magia para comer y el sistema educativo es un desastre. El sector eléctrico ha colapsado.
La gravedad de la situación ha obligado incluso a Miguel Díaz-Canel a admitir un panorama calamitoso. Sin embargo, su retórica sigue anclada en el pasado: quejas constantes y el señalamiento recurrente a Estados Unidos como único culpable. Esta narrativa choca con la realidad de un gobierno que no ofrece soluciones, solo resistencia ideológica a costa del hambre y penurias del pueblo.
A diferencia de otros periodos, Cuba se encuentra hoy en un aislamiento financiero total. Sin crédito en organismos internacionales y con aliados históricos como Rusia limitando su apoyo, la dictadura se ha quedado sin oxígeno.
La situación se ha agravado tras el despliegue de operaciones antidrogas de EE. UU. en la región y el bloqueo a los petroleros sancionados que conectan a la isla con la dictadura venezolana, su principal suministrador de energía. Sin el subsidio venezolano, la fragilidad del sistema eléctrico y productivo cubano ha quedado al desnudo.
El síntoma más doloroso de este colapso es el éxodo masivo. Cuba está perdiendo su recurso más valioso: el talento joven. Miles de profesionales y jóvenes productivos abandonan la isla cada mes porque no ven futuro para sus familias bajo un sistema que penaliza la iniciativa privada y premia la lealtad política sobre la capacidad. Una nación que se queda sin jóvenes es una nación que hipoteca su mañana.
Hay quienes se atreven a cuestionar la actitud pasiva de su gente ante lo que les oprime y dificulta respirar en paz. Duele decirlo, pero los cubanos aprendieron a resistir y las inyecciones ideológicas funcionaron tan bien que es ahora cuando están despertando. ¡Ojalá suceda lo que tiene que suceder!
La historia es implacable: los resultados de siete décadas de centralismo estatal demuestran que el modelo no funciona ni funcionará. No se trata de “perfeccionar el socialismo”, sino de entender que la única salida real a la crisis es un cambio estructural, tanto económico como político.
Cuba necesita abrirse a la libertad de empresa, restaurar el Estado de derecho y permitir que sus ciudadanos sean los dueños de su destino. Seguir postergando lo inevitable sólo prolongará la agonía de un pueblo que ya no puede esperar más. No hay dudas de que el único destino de Cuba es la implosión de una estructura que no resiste más.
(c) elDinero (18.12.2025)



