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Una mirada cinematográfica al show de Bad Bunny en el Super Bowl 2026

REDACCIÓN Por REDACCIÓN
febrero 10, 2026
en Sociedad y Cultura
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Una mirada cinematográfica al show de Bad Bunny en el Super Bowl 2026

Bad Bunny en el show de medio tiempo del Super Bowl 2026 en Santa Clara, California. LYNNE SLADKY/AP

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El intérprete puertorriqueño transforma el Super Bowl 2026 en un manifiesto cultural sin concesiones. Casi 14 minutos que operaron con la gramática del séptimo arte

Rubén Peralta Rigaud.

Miami, Florida.- Hay momentos en los que el entretenimiento deja de ser consumo rápido y se convierte en relato. Como crítico de cine, uno reconoce esos instantes porque operan con las mismas herramientas del séptimo arte: punto de vista, ritmo, espacio, cuerpo, memoria. El medio tiempo (halftime show) del Super Bowl encabezado por Bad Bunny fue uno de esos raros casos en los que un evento diseñado para distraer decidió contar algo. Y lo hizo con conciencia estética, con identidad y con una claridad autoral que muchas películas comerciales envidiarían.

No fue un concierto. Fue cine en vivo. Un cortometraje cultural transmitido al mundo sin subtítulos, sin explicaciones y sin concesiones. Quince minutos de narrativa visual donde la música funcionó como banda sonora y la puesta en escena como guión.

Origen como encuadre inicial

Todo relato cinematográfico serio comienza con una decisión clara de dónde mirar. Aquí la primera imagen ya era una tesis: una casa puertorriqueña en el centro del estadio. No una versión estilizada ni una postal exótica. Una casa reconocible, vivida, cotidiana.

En cine, la casa es un archivo emocional. Es refugio y herida. Es el espacio donde se aprende a mirar el mundo. Bad Bunny entendió esa gramática visual y la colocó como plano fundacional. Desde ahí se ordenó todo lo demás. El show no arrancó desde el éxito global. Arrancó desde el origen.

Ese gesto lo emparenta más con el cine de memoria latinoamericano que con el espectáculo pop tradicional. No se trataba de impresionar. Se trataba de situar. De anclar el relato en un espacio reconocible para millones de personas que rara vez ven sus hogares reflejados en el escenario más grande del entretenimiento mundial.

El español como acto radical

Uno de los gestos más radicales del show fue también el más sencillo: el español no apareció como guiño ni como cuota. Fue el idioma dominante. El vehículo completo del relato.

En términos cinematográficos, el idioma define el tempo interno de una obra. El español caribeño tiene musicalidad propia: pausas, golpes, silencios. Bad Bunny lo usó como un director usa el montaje interno de un plano largo, confiando en que la emoción se transmite más allá de la comprensión literal.

El público global no necesitó entender cada palabra. Leyó el cuerpo, el gesto, la energía. Como sucede cuando vemos cine iraní, coreano o rumano y salimos conmovidos sin haber entendido una sola frase. Eso es cine cuando confía en la imagen y en la universalidad de lo específico.

En un país donde el debate sobre el idioma sigue siendo político, donde lo latino todavía se considera nicho a pesar de los números demográficos, este acto de confianza lingüística fue profundamente subversivo. No hubo traducción. No hubo mediación. Solo el español caribeño en toda su complejidad y belleza.

Coreografía como montaje invisible

El montaje no ocurrió en una sala de edición. Ocurrió en el espacio, en la coreografía, en la manera en que los cuerpos entraban y salían del cuadro. Cada bloque musical funcionó como una secuencia con progresión dramática: construcción, clímax, respiro. No era una sucesión de hits. Era una estructura narrativa pensada.

El movimiento colectivo operó como corte. La quietud como pausa. El cambio de escala como transición. Es el mismo principio que rige el cine físico de directores que confían en el cuerpo como motor del relato.

La diferencia entre un espectáculo y una obra es precisamente esa: la conciencia de que cada elemento cumple una función narrativa. Aquí no hubo relleno. No hubo momentos diseñados solo para el aplauso fácil. Cada gesto tenía un peso dramático.

El cuerpo latino en primer plano

El cine siempre ha sido político cuando decide qué cuerpo ocupa el centro del encuadre. Aquí el cuerpo protagonista fue latino, masculino, no normativo, no agresivo, no caricaturesco.

Bad Bunny no encarnó el estereotipo de poder asociado al espectáculo deportivo. Su presencia fue relajada, segura, fluida. Un cuerpo que no pide permiso para existir ni para moverse de otra manera. En un escenario históricamente dominado por códigos anglosajones y masculinidad rígida, esa elección es profundamente política.

Es el tipo de gesto que el cine de autor ha explorado durante décadas: la idea de que la masculinidad puede ser suave sin ser débil, expresiva sin ser performativa, latina sin caer en el estereotipo del macho agresivo o del latin lover exotizado. Aquí ocurrió frente a más de cien millones de espectadores.

Puerto Rico como personaje, no como fondo

Uno de los grandes pecados del cine industrial ha sido usar la cultura latina como textura, como color de fondo, como ruido ambiente. Este show hizo lo contrario. Puerto Rico no fue decorado. Fue personaje, con pasado, con contradicciones, con orgullo.

Cada referencia visual tenía peso narrativo: el barrio, los instrumentos tradicionales, las expresiones cotidianas, los colores de las casas. Todo construía identidad sin subrayados, sin didactismo. Es la misma lucha que ha dado el cine latino durante años: no ser postal, ser relato complejo.

En un momento en que Puerto Rico sigue lidiando con consecuencias de desastres naturales, deuda colonial y éxodo migratorio, colocar la isla en el centro del evento mediático más grande del año no fue solo simbólico. Fue una declaración de existencia, de resistencia cultural, de negativa a desaparecer del mapa emocional global.

Cine de autor en horario estelar

Durante décadas, el halftime show ha sido un formato eficiente: un collage de éxitos diseñado para complacer a todos y no decir nada. Esto rompió esa lógica.

Fue autoral. Tenía una voz clara, un punto de vista reconocible, un riesgo asumido. Como el cine de autor cuando irrumpe en el circuito comercial y obliga al espectador a ajustar la mirada.

Bad Bunny no adaptó su identidad al formato. Adaptó el formato a su identidad. Esa es una decisión profundamente cinematográfica: es lo que hacen los directores que entienden que el lenguaje importa más que el presupuesto, que la forma es inseparable del contenido.

El plano final: de lo íntimo a lo continental

El cierre del show abrió el encuadre: de lo íntimo a lo continental, de la casa al mapa. Ese gesto funciona como el gran plano panorámico final de una película coral. El mensaje es claro: esta historia no es individual, es colectiva. No pertenece a un solo país. Pertenece a una diáspora, a una lengua, a una memoria compartida.

El cine ha usado ese recurso durante décadas para ampliar el sentido de un relato. Aquí ocurrió en vivo, frente a millones, sin subrayados emocionales, sin discursos explícitos. Solo imagen y música expandiendo el significado.

Lo que queda cuando se apagan las luces

Cuando terminó el halftime show, no quedó solo la música. Quedó algo más difícil de fabricar que un momento viral: una sensación de haber presenciado un quiebre histórico. Durante quince minutos, el Super Bowl dejó de ser solo deporte y publicidad. Se convirtió en una sala de cine global. Y en esa sala, por fin, la historia se contó desde el sur, en español, con cuerpo propio.

Este show confirmó algo que el cine latino viene afirmando desde hace tiempo: no somos una nota al pie, somos relato central. No somos tendencia pasajera, somos tradición viva.

Bunny no hizo historia solo por estar ahí. Lo hizo por cómo decidió mirar y desde dónde decidió contar. Como lo hacen los cineastas que entienden que el verdadero espectáculo no está en el ruido, sino en el sentido. Como lo hacen los narradores que saben que la representación importa, pero la autoría importa más.

(c) Listín Diario (10.02.2026)

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