La postura favorita de muchos en la oficina, el café o el sofá esconde consecuencias para la circulación, los huesos, los nervios y hasta la fertilidad
Franklin Delgado
En las últimas décadas, la medicina del estilo de vida ha puesto el foco no solo en lo que comemos o en cuánto ejercicio hacemos, sino también en algo mucho más cotidiano y aparentemente trivial: la manera en que nos sentamos.
El sedentarismo se ha convertido en una de las grandes epidemias silenciosas del siglo XXI, y con él ha cobrado relevancia el estudio de las posturas que adoptamos durante horas frente a pantallas, mesas de trabajo o en el transporte público.
En este contexto, los especialistas en fisioterapia, ortopedia y biomecánica han comenzado a prestar especial atención a un gesto reflejo que millones de personas realizan casi sin darse cuenta: cruzar las piernas al sentarse.
La postura favorita de muchos en la oficina, el café o el sofá esconde consecuencias para la circulación, los huesos, los nervios y hasta la fertilidad masculina. Los expertos advierten: el problema no es hacerlo de vez en cuando, sino convertirlo en un hábito.
Sentarse con las piernas cruzadas
Según un estudio del profesor Michael Reiss, de la Universidad Politécnica de Dresde, aproximadamente el 62% de las personas cruza las piernas de derecha a izquierda, el 26% en sentido contrario, y solo el 12% restante no tiene preferencia. Lo hacemos en la sala de espera del médico, frente al computador, en una reunión o mientras tomamos un café. La pregunta es: ¿lo estamos pagando con nuestra salud?
La respuesta, según la evidencia científica disponible, es que depende. No del gesto en sí, sino de su frecuencia y duración.
Una presión que el corazón nota
Uno de los efectos más documentados de cruzar las piernas —especialmente por la rodilla, que es la forma más habitual— es el impacto sobre la presión arterial. Al colocar una pierna sobre la otra, se comprime la red venosa de las extremidades inferiores, lo que dificulta el retorno de la sangre al corazón. Para compensar, el corazón debe trabajar con mayor esfuerzo, lo que se traduce en un aumento de la tensión arterial.
Este efecto es tan reconocido por la medicina que constituye un criterio clínico básico: cuando a un paciente se le mide la presión arterial, el protocolo médico estándar indica que debe tener ambos pies apoyados en el suelo. Si se hace con las piernas cruzadas, el resultado será inexacto y probablemente más elevado de lo que corresponde.
Para personas con insuficiencia venosa crónica o varices, esta postura puede incrementar el riesgo de que se deterioren los vasos sanguíneos y de que aparezcan coágulos, pudiendo llegar a producirse una trombosis. No es una amenaza hipotética: es una consecuencia medida y documentada del hábito sostenido en el tiempo.
La columna paga el precio
Más allá del sistema circulatorio, el impacto esquelético es quizás el más extendido entre quienes adoptan esta postura de forma crónica. Sentarse con una pierna sobre la otra provoca una rotación desigual de las caderas, lo que puede llevar a una inclinación pélvica lateral y una desalineación de la columna vertebral, generando tensiones y dolores en la parte baja, media y alta de la espalda, así como en el cuello.
El cuerpo humano es una máquina compensatoria. Cuando la pelvis se desalinea, la columna lo detecta y reacciona ajustándose para mantener el centro de gravedad estable, lo que provoca una reacción en cadena: los hombros se inclinan, la cabeza se proyecta hacia adelante, y la musculatura cervical entra en tensión. Los estudios demuestran que cuanto más tiempo y más a menudo se adopta esta postura, más probable es que se produzcan cambios a largo plazo en la longitud de los músculos y la disposición de los huesos de la pelvis.
Con el paso de los años, y si no se corrige, este desequilibrio puede contribuir al desarrollo de escoliosis y otras deformidades posturales de mayor calado.
El nervio que se queja
Hay un nombre técnico que los fisioterapeutas repiten cuando hablan de este hábito: el nervio peroneo, también llamado nervio fibular. Se trata de una rama del nervio ciático que recorre la parte externa de la rodilla y la pierna, y que queda expuesta a una compresión directa cuando cruzamos las piernas a la altura de esa articulación.
Las investigaciones demuestran que esta postura puede poner el nervio peroneo en riesgo de compresión y lesión, lo que suele manifestarse como una debilidad al intentar levantar el lado del dedo meñique del pie o, en casos más graves, la caída completa del pie. Aunque en la mayoría de los casos los efectos son de corta duración y desaparecen a los pocos minutos, el riesgo aumenta con la exposición prolongada.
El hormigueo y el entumecimiento que casi todos hemos experimentado al levantarnos tras un rato cruzados de piernas es precisamente esta compresión nerviosa actuando. La diferencia entre el efecto pasajero y el daño permanente radica, una vez más, en el tiempo acumulado.
Caderas, rodillas y un síndrome que pocos conocen
Mantener las piernas cruzadas durante períodos prolongados puede generar presión excesiva en las articulaciones de la cadera, dificultando su relajación natural. Esta tensión constante puede provocar dolores crónicos y una disminución en la fuerza muscular de la zona, además de aumentar el riesgo del síndrome de dolor trocantéreo mayor, una condición que afecta la parte externa de la cadera y el muslo.
Las rodillas tampoco se libran. Al cruzar las piernas, los ligamentos y músculos que rodean esta articulación quedan sometidos a tensión adicional, incrementando la presión interna y favoreciendo la aparición de dolor, especialmente en quienes ya presentan alguna patología previa en esa zona.
Impacto en la fertilidad masculina
Entre los hallazgos más sorprendentes de la investigación está su potencial impacto en la fertilidad masculina. La temperatura de los testículos debe mantenerse entre dos y seis grados centígrados por debajo de la temperatura corporal normal para garantizar una producción óptima de esperma. Estar sentado ya aumenta la temperatura testicular en torno a dos grados, y cruzar las piernas puede elevarla hasta en 3,5 grados adicionales. Diversos estudios sugieren que este incremento térmico puede reducir tanto el número como la calidad de los espermatozoides.
(c) La Opinión (15.02.2026)



