Entre esmaltes, secadores y conversaciones íntimas, estos negocios se han transformado en motores económicos y redes de apoyo emocional para muchas comunidades
Eymi Silvestre
SANTO DOMINGO, R.D.— En muchos barrios dominicanos, el salón de belleza es mucho más que un espacio para arreglar el cabello o pintarse las uñas.
Entre secadores encendidos, esmaltes de colores y conversaciones que fluyen sin prisa, estos negocios se han convertido en un motor económico silencioso y en una red de apoyo emocional entre mujeres.

Detrás de cada silla de estilista hay historias de emprendimiento, supervivencia y comunidad. Para muchas mujeres, el salón no solo representa su fuente principal de ingresos, sino también un espacio donde las clientas encuentran escucha, consejos y compañía.
Emprender para sobrevivir
Para Elizabeth Rosario, de 53 años, propietaria de un salón en Cristo Rey, el oficio comenzó como una oportunidad para generar ingresos adicionales. Con el tiempo se transformó en su proyecto de vida.
“Soy mi propia jefa. Yo comencé trabajando con una tía mía. Después me mudé para Santo Domingo de Constanza y empecé a trabajar los fines de semana porque tenía un empleo. Cuando empezaron a llegar más clientes decidí dedicarme por completo a mi negocio”, contó la estilista a El Día.
Rosario explicó que tiene más de 20 años trabajando en el sector de la belleza, una experiencia que le ha permitido sostenerse económicamente y mantener su negocio activo en el barrio.
“Esto significa mucho porque uno se da cuenta de lo que es capaz de hacer. Mantener tu negocio con el tiempo es difícil, pero no es imposible”, aseguró.
Pero el valor de los salones de belleza no se limita a lo económico. Con el paso del tiempo, estos lugares se transforman en espacios de confianza donde las mujeres hablan de sus problemas y encuentran apoyo emocional.
“Ellas se desahogan conmigo y yo también con ellas. Cuando las veo tristes les pregunto qué les pasa. Una palabra bonita o un consejo nunca sobra”, relató.

Un oficio que nace en casa
Estas historias son similares y se repiten en muchos barrios. Para Arianna Cabrera, de 28 años y residente en Ensanche La Fe, el interés por la belleza comenzó cuando era apenas una niña.
“Tenía como 12 años cuando una vecina se arreglaba los pies en el patio y eso me llamó la atención. Como yo era menor para hacer cursos, ella los tomó y después me enseñaba a mí”, relató la joven manicurista.
Con el tiempo, Cabrera empezó a atender a sus primeras clientas en una pequeña mesa en la galería de su casa. Luego trabajó como empleada en otro salón hasta que decidió abrir el suyo.
“Tuve algunas dificultades donde trabajaba y decidí poner mi propio negocio. Ya tengo ocho años y me ha funcionado muy bien”, afirmó.
Para ella, la presión económica también es un impulso para seguir adelante.
“A veces uno se siente apretado, pero eso mismo es lo que te motiva a trabajar y a salir adelante”, aseveró.
Empleo para sostener familias
Estos espacios de belleza y de escucha también generan oportunidades laborales para otras mujeres del barrio. Ineba Infante, de 50 años, trabaja desde hace dos años en el Salón Nairobi, en el sector Ensanche La Fe.
Antes de entrar al salón estaba desempleada, por lo que este trabajo significó una mejora importante en su estabilidad económica para su familia y ella.
“He mejorado mucho porque estaba desempleada y esto me ha ayudado bastante a salir adelante”, destacó la estilista.

En barrios donde las oportunidades laborales pueden ser limitadas, estos negocios funcionan como pequeñas empresas que sostienen hogares y generan ingresos constantes.
Para Ineba Infante, las conversaciones son parte natural del trabajo diario en los centros de belleza.
“Las mujeres vienen y cuentan sus cosas. Hablan de los esposos, de los hijos, de las suegras. A veces hay tanto tema que tenemos que dejarlo para la próxima semana porque el tiempo no da”.
Escuchar esas historias también crea vínculos entre quienes trabajan y quienes visitan el salón.
Belleza, comunidad y oportunidades
Para Gracie Holder Pérez, quien tiene 15 años con su propio salón, el negocio ha sido una plataforma de crecimiento personal y económico.
Además del salón, ha desarrollado una línea propia de productos y ropa, ampliando su actividad como emprendedora. Pero más allá del éxito económico, destaca el papel social del salón dentro del barrio.
“Las clientas no solo vienen a arreglarse. También vienen a hablar, a contar sus problemas y eso sirve como un desahogo”, aclaró.
En algunos casos, esas mismas clientas terminan encontrando oportunidades de trabajo dentro del negocio. “Algunas han terminado siendo empleadas mías por su situación económica”.
En comunidades donde muchas mujeres buscan independencia económica y espacios de apoyo, los salones de belleza cumplen una doble función: son negocios que mueven la economía local y, al mismo tiempo, espacios de confianza donde se tejen redes de solidaridad femenina.
(c) El Día (09.03.2026)



