Un estudio propone dejar atrás los límites universales de tiempo, adoptar enfoques flexibles y orientar decisiones familiares según el efecto en el bienestar
Silvia Pardo
En una era dominada por la tecnología, el celular ocupa un lugar central en la vida cotidiana. Su uso constante ha dado lugar a una dependencia que especialistas identifican como adicción al celular o Nomofobia y puede afectar la salud mental y el bienestar, con especial impacto en adolescentes, quienes presentan mayor vulnerabilidad a trastornos del sueño, cuadros de ansiedad y síntomas depresivos.
Pero un nuevo estudio viene a cuestionar el control del tiempo de uso. Según el artículo publicado en Developmental Psychology por Nelson Roque y Rinanda Shaleha, investigadores de Universidad Estatal de Pennsylvania (Penn State), el uso del móvil no debe evaluarse por los minutos acumulados sino por cinco variables que determinan si la experiencia favorece el bienestar o se vuelve perjudicial:
- Duración
- Hora del día
- Propósito de uso
- Interactividad
- Estructura del contenido
Nelson Roque, profesor adjunto de desarrollo humano y estudios familiares en Penn State, y Rinanda Shaleha, candidata a doctora en esa universidad, explican que no todo el tiempo frente a pantallas produce el mismo efecto.
Los teléfonos inteligentes se han vinculado con soledad, sedentarismo, problemas de sueño y trastornos de salud mental, pero su trabajo busca identificar en qué circunstancias las pantallas pueden aportar bienestar y en cuáles pueden dañarlo.
Shaleha resumió esa idea: “Técnicamente, el tiempo frente a la pantalla incluye desde trabajar en una computadora portátil hasta navegar compulsivamente por TikTok en la cama a las 3 de la mañana. Pero el contexto es tan diferente entre estas dos cosas que tendemos a considerar solola segunda como ‘tiempo frente a la pantalla’.Necesitamos dejar de pensar en el tiempo frente a las pantallas como algo único y homogéneo si queremos entender qué es realmente saludable o no”.
Roque planteó que “en lugar de pensar solo en cuánto tiempo pasamos frente a las pantallas, debemos considerar el efecto que tienen en nosotros y en nuestros hijos”. Por eso, propone analizar esos cinco contextos antes de decidir si un hábito digital es saludable o no.
Las cinco dimensiones de la participación digital
El consumo pasivo, como el desplazamiento infinito, y el contenido emocionalmente intenso pueden amplificar los efectos negativos en la salud mental (Imagen Ilustrativa Infobae)
1. Modo de participación: El consumo pasivo difiere de la participación activa, según Roque y Shaleha.″El consumo pasivo, como el scrolling sin sentido o la visualización pasiva de televisión, difiere de manera importante de las formas de participación más activas, incluyendo la comunicación directa, la creación de contenido o los juegos interactivos, que implican actividad dirigida a un objetivo, retroalimentación en tiempo real y coordinación social», señalaron. En consecuencia, “la experiencia digital depende del contexto interpersonal, las motivaciones del usuario y la susceptibilidad individual, en lugar de depender únicamente del nivel de actividad” afirmaron.
2. Propósito de uso: El objetivo detrás del uso de pantallas influye en sus efectos. Actividades educativas o productivas suelen asociarse con el desarrollo de habilidades. “Incluso cuando el uso ocupacional de pantallas está orientado a un objetivo, el trabajo mediado digitalmente a menudo implica demandas cognitivas sostenidas, conectividad constante y patrones de interacción fragmentados que contribuyen a la fatiga y el agotamiento emocional”, dijeron los autores.

3. Momento y contexto: El horario y el entorno en que se usan las pantallas determinan sus consecuencias. La exposición nocturna puede afectar el sueño y la regulación emocional, mientras que el uso diurno y en contextos sociales o productivos tiende a ser menos perjudicial. “Por ejemplo, el uso de pantallas a altas horas de la noche, especialmente en la cama o sin filtros de luz azul, puede alterar el ritmo circadiano al retrasar la secreción de melatonina, reducir la calidad del sueño y perjudicar la regulación emocional del día siguiente”.
4. Estructura del contenido: El contenido breve y fragmentado, como videos cortosy la navegación rápida en redes sociales, exige constantes cambios de atención y puede producir fatiga cognitiva. En contraste, el contenido extenso favorece la concentración sostenida y demanda un tipo distinto de esfuerzo mental. “El contenido fragmentado obliga al cerebro a cargar continuamente información en nuestros bloques de memoria de trabajo para luego borrarla una y otra vez”, advirtió Roque. Al carecer de una narrativa coherente, el sistema de recompensa se ve sometido a estímulos constantes que dificultan la autorregulación.
5. Valencia emocional: El contenido digital varía en carga emocional, lo que puede afectar el estado de ánimo positiva o negativamente. Los algoritmos suelen promover material emocionalmente intenso, y el uso laboral repetitivo puede generar fatiga emocional.

Los expertos destacaron que las motivaciones psicológicas subyacentes al comportamiento digital, como el uso compulsivo, evitativo o impulsado por las emociones, predigan los resultados de salud mental de forma más fiable que la mera duración.
“Un breve episodio de revisión de redes sociales impulsado por la ansiedad puede ser más perjudicial que una interacción digital prolongada y con un propósito definido», advirtieron.
Finalmente, los investigadores concluyeron: “Abordar estas limitaciones requiere un cambio de los límites universales de tiempo de pantalla hacia enfoques flexibles al contexto, que atiendan al modo de interacción, el propósito del uso, el momento y el contexto de uso, la estructura del contenido y la valencia emocional».

En el caso de los niños, los investigadores recuerdan la existencia de herramientas de supervisión parental. Su recomendación general es que los padres observen el comportamiento de sus hijos y hablen con ellos sobre cómo el tiempo frente a las pantallas influye en su felicidad y en sus decisiones.
“No basta con preguntar cuánto tiempo pasan las personas en sus dispositivos o “conectadas”; también debemos preguntar qué hacen, por qué lo hacen, con quién y en qué circunstancias». Los investigadores sugirieron identificar los subgrupos más vulnerables a las influencias negativas en línea y» explorar cómo interactúan los entornos del hogar, la escuela y la comunidad con el uso digital. Solo así podremos empoderar a las personas, las familias y las comunidades para que prosperen en la era digital“, concluyeron.
Cómo reducir el uso excesivo del celular

Los expertos recomiendan implementar los siguientes hábitos saludables:
- Activar el modo avión o No molestar para evitar interrupciones constantes.
- Desactivar notificaciones de aplicaciones que no son esenciales, como redes sociales.
- Dejar el celular fuera de la vista durante tareas importantes o momentos sociales.
- No usar el celular durante las comidas para fomentar interacciones cara a cara.
- Silenciar grupos de WhatsApp o aplicaciones que generen distracciones innecesarias.
- Limitar el tiempo en redes sociales, estableciendo períodos específicos para su uso.
- Evitar llevar el celular al dormitorio, especialmente durante la noche.
- Eliminar aplicaciones inútiles que solo consumen tiempo.
- Fomentar actividades sin tecnología, como la lectura o el ejercicio físico.
- Practicar el autocontrol, reconociendo cuándo el uso del celular se convierte en un problema.
(c) INFOBAE


