Opinión/Altagracia Salazar
Ayer, en una actividad empresarial, me encontré con una colega de sólidos vínculos con el PLD y la Fuerza del Pueblo que me soltó una información que, de entrada, no entendí: según ella, la próxima semana la flamante embajadora de Estados Unidos visitaría a otros aspirantes presidenciales del partido morado.
La observación me pareció extraña hasta que otro colega me tradujo el mensaje al español dominicano: la visita de la señora Leah Campos a Gonzalo Castillo ha provocado más urticaria política que una mata de cambrón. De repente, el hombre que hace poco parecía políticamente amortizado recibió dos regalos consecutivos: le devolvieron la visa y luego le cayó una visita diplomática de alto perfil. En política, las coincidencias son como los milagros: todo el mundo dice creer en ellas, pero nadie se las cree.
Fiel al estilo de Donald Trump, la nueva embajadora parece haber rescatado la vieja tradición del embajador norteamericano que no se conforma con cortar cintas y asistir a cócteles. Hacía mucho tiempo que no veíamos una representación diplomática tan activa en la conversación política local. Así que no sería raro que algunos aspirantes tengan la sala recogida, el café colado y los fotógrafos avisados por si les toca su turno.
En teoría no debería haber problema. Una reunión diplomática es una reunión diplomática. Punto. Pero en política siempre aparece un “pero” del tamaño de una patana.
Resulta que Trump ha convertido las elecciones latinoamericanas en una especie de casting ideológico donde reparte guiños, elogios y bendiciones. Lo hizo con aliados en distintos países y ha demostrado que le gusta dejar claro quiénes son sus favoritos. Y en una República Dominicana donde las ideologías están en extinción y el nacionalismo suele aparecer únicamente cuando se menciona a Haití, cualquier foto con el sello de Washington puede valer más que un programa de gobierno.
La lógica que circula en algunos círculos políticos es tan simple como peligrosa: si los candidatos respaldados por Trump han tenido éxito en otros lugares, entonces aquí también conviene aparecer en la foto. Y si la embajadora representa al presidente estadounidense, entonces cada visita comienza a verse como una especie de sacramento electoral.
No creo que esa sea la razón por la que Leonel Fernández salió ayer a defender las políticas migratorias de Trump. Pero sí es evidente que una parte importante de la clase política dominicana vuelve a mirar hacia el norte esperando una señal, una sonrisa o una fotografía salvadora.
Lo curioso es que estamos en 2026 y, sin embargo, por momentos parece que hemos regresado a los años sesenta: políticos locales haciendo fila para saber quién recibe primero la bendición del imperio. Mientras tanto, los votantes siguen esperando algo más revolucionario: propuestas.



