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¿Cómo regular la Inteligencia Artificial?

REDACCIÓN Por REDACCIÓN
julio 12, 2026
en Innovación e IA, Tecnología
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¿Cómo regular la Inteligencia Artificial?

El mundo necesita acuerdos nacionales e internacionales en materia de IA (Imagen Ilustrativa Infobae)

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El mundo necesita avanzar hacia acuerdos nacionales e internacionales que establezcan líneas rojas

Ricardo Israel*. Infobae

La Inteligencia Artificial (IA) representa un cambio de tal profundidad que es de aquellos de historia larga, de los que van a remodelar a las sociedades como también las actitudes y comportamientos de los seres humanos. No se trata solo de nuevas máquinas, sino que marcará el funcionamiento mismo del entramado social, del económico como también de las personas, toda vez que trae consigo una nueva era de conocimientos científicos que ampliarán la frontera de lo posible, a modo de ejemplo, en áreas como la salud y las expectativas de vida; probablemente no hay sector que no será tocado o modificado.

Cuando apareció la revolución industrial muchos de los contemporáneos no se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo, pero ahora sabemos que este proceso está teniendo lugar ante nuestros ojos. No se trata de un distante futuro, sino que un nuevo mapa de poder global se está dibujando, con decisiones que ya se han tomado o se están tomando en el día de hoy. De partida, probablemente decidirá la contienda entre China y EE. UU. por quién será la superpotencia del siglo XXI.

A todos nos consta que esa carrera ya se vive, pero también se están decidiendo posiciones para el resto del mundo, toda vez que a nivel intermedio definirá la ubicación de los países, ya que estar más arriba o más abajo dependerá de su éxito en infraestructura o inversión oportuna. El resultado será un ranking nuevo en el mapa de poder, ya que tendrán mejor ubicación no solo quienes se integren a la cadena de producción de chips avanzados, sino también los que aporten infraestructura tan importante como energía o el territorio donde se ubiquen los centros de datos, a diferencia de la total dependencia de quienes sólo consumirán las nuevas tecnologías. En definitiva, también se podría estar avanzando o retrocediendo con decisiones que se estén tomando hoy, y aquellos gobernantes que no actúen en forma oportuna, podrían estar condenando a sus países a quedar rezagados.

Ante un cambio de tal magnitud, la pregunta es ¿cómo se regula la IA?

La respuesta es que se necesitan varias cosas, incluyendo buscar un ejemplo útil en la historia como también entender la profundidad de lo que está pasando, a lo que se deben agregar acuerdos a nivel nacional e internacional, lo que presupone un debate amplio, sin cancelaciones de ninguna especie, como tampoco superioridades morales al igual que el alejamiento del catastrofismo paralizante. Además, se debe hacer el esfuerzo de reducir el lobby de los inmensos intereses económicos que están detrás de las nuevas tecnologías como también los de aquellos sectores que están siendo desplazados. Por último, de la mayor importancia es que los dos países líderes, China y EE. UU. decidan que es un desafío para abordar en conjunto.

La regulación de la IA es tan relevante que no solo es tarea de científicos sino también hay un lugar para políticos, jueces y diplomáticos, en el sentido que aún en las democracias más sólidas se debe evitar que ante los cambios que se producirán, el temor de los votantes impulse el populismo de líderes que se transformen en el equivalente a los luditas de la revolución industrial, aquellos artesanos y trabajadores de la Inglaterra del siglo XIX (1811-1816) que destruían maquinaria textil como protesta contra las malas condiciones laborales y la pérdida de empleo.

También hay que precaverse de la aparición de ese peligro conocido como la República de los Jueces, es decir, magistrados de rango inicial o intermedio que, en vez de aplicar la ley, se sientan motivados a crearla e intenten detener a la IA con decisiones que muchas veces son fruto del temor y el desconocimiento, parte del llamado “populismo judicial”.

Se trata, por lo tanto, de un tema que abarca áreas diversas, para cuya resolución mucha influencia tendrá la lentitud o velocidad con la que se adapten tanto las personas como también las organizaciones, no solo las empresas comerciales, toda vez que la IA adquirirá relevancia también en los ejércitos y en las guerras, además de la educación, la cual no ha reaccionado todavía, a pesar de que va a modificar la manera como aprenden las personas.

Necesitamos un debate de una amplitud tal, que quizás no se ha dado nunca, para así poder tener dos productos de calidad, por una parte, tratados internacionales para conducir este proceso a nivel mundial, como también en la otra, reformas constitucionales que a nivel nacional protejan a las personas a través de la incorporación de los llamados neuroderechos, como una nueva etapa de los derechos humanos.

EEUU y China son líderes en el desarrollo de IA (REUTERS/Florence Lo)

El mundo necesita no repetir los errores cometidos en el último proceso de transformación que se ha vivido, cual lo fue la aparición del internet y la computación, donde todavía se lamenta no haber hecho una mejor y más oportuna regulación, errores que no deben repetirse, sobre todo, en la protección de la niñez y adolescencia. Al mismo tiempo, debemos aprender de la historia, toda vez que, a diferencia de las revoluciones sociales y políticas los cambios tecnológicos son procesos casi siempre irreversibles, donde todo tiene lugar demasiado rápido para que pueda ser regulado en forma oportuna por el derecho.

El mundo es testigo de lo que ya tuvo lugar, donde con enorme rapidez aparecieron empresas como las llamadas 7 magníficas (Alphabet -Google-, Amazon, Apple, Meta Platforms, Microsoft, Nvidia y Tesla) que con su poder tecnológico y económico hoy superan los indicadores de la mayoría de los países del mundo. Seguramente, varias de ellas se verán pronto desplazadas por las nuevas empresas dueñas de la IA, si es que no logran adaptarse a las nuevas condiciones. Para todos, esa adecuación es imprescindible, ya que no sabemos si el cambio será brutal o incremental. En todo caso, la velocidad es tal, que, seguramente lo que parece ser de ciencia ficción será muy pronto realidad cotidiana.

El mundo necesita avanzar hacia acuerdos nacionales e internacionales que establezcan líneas rojas a no ser traspasadas, quizás un equivalente a las leyes de la robótica que el escritor de ciencia ficción Isaac Asimov estableció como medida de protección para los seres humanos, buscando contrarrestar el llamado “complejo de Frankenstein”, es decir, el temor que máquinas pudieran rebelarse contra sus creadores. La primera ley era que “un robot no hará daño a un ser humano, ni por inacción permitirá que un ser humano sufra daño”. La segunda decía que “un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley”. La tercera señalaba que “un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley”.

Nada semejante tenemos en relación con la IA, nada, ni siquiera en la literatura o el cine, nada que sirva de orientación. Por ello, debemos avanzar en la regulación. Por el momento, es solo una idea, y ante la inactividad de los dirigentes políticos, han reaccionado líderes religiosos como León XIV, quien dedicó su primera encíclica al tema, abordando de pasado un tema de fondo, como evitar que el ser humano y su dignidad sean sacrificados en nombre del progreso.

Mi propuesta se basa en tres puntos. El primero es recurrir al ejemplo más cercano, donde hubo éxito en limitar los efectos negativos de la energía atómica durante la guerra fría, desde el momento que dos potencias a las que todo separaba como EE. UU. y la URSS, por rara vez en la historia, manejaron el inédito poder del armamento nuclear y lograron evitar un enfrentamiento directo. Hoy, China y EE. UU. compiten por el liderazgo mundial, por lo que debieran aprender de ese pasado, esforzándose para llegar a acuerdos sobre la IA, que inevitablemente serán seguidos por la inmensa mayoría de países, dado que ellos dos son los países que están más avanzados, a larga distancia del resto.

En segundo lugar, la protección de los aspectos negativos y del temor que existe en relación con la IA, debiera manifestarse en un Tratado como nivel superior de derecho internacional como también a horizonte nacional, la protección debe inscribirse a nivel constitucional, desarrollando los neuroderechos, que aparecieron para definir a la mente como aquello que no debe ser invadido ni colonizado, como el templo humano a no ser violentado, ni siquiera con el disfraz del lucro comercial.

El papa León XIV dedicó su primera encíclica a la inteligencia artificial (REUTERS/Guglielmo Mangiapane)

En tercer lugar, hay que hacer lo que no se hizo oportunamente con la computación, en el sentido de regular mucho mejor, por lo que sin obstruir la innovación, tanto China como EE. UU. debieran regular mejor a las empresas, evitando la imposición de criterios políticos por parte de China como también la impunidad garantizada por ley de instrumentos legales como la Sección 230 en EE. UU. , que en la práctica todavía impide que se pueda responsabilizar en tribunales a las grandes empresas tecnológicas por lo que se emite en redes sociales, a diferencia de tecnologías más antiguas como radio y TV.

Como lo demuestra el caso de Irán, el peligro atómico todavía está presente, pero EE. UU. y la URSS evitaron el enfrentamiento directo que hubiera conducido a la guerra nuclear, además de haber logrado la aparición de un sistema nuevo que protegió al mundo al permitir que pudiera ser regulado el inédito poder destructivo inédito que había surgido al finalizar la segunda guerra mundial.

Con sus avances y retrocesos, y en plena readecuación geopolítica, hoy se vive todavía el proceso de globalización que apareció después de la guerra fría, etapa ya superada que ha sufrido una condena demasiado cerrada, sin que se hiciera justicia a logros tales como el mencionado de regulación del peligro atómico, toda vez que se creó de la nada un sistema que lo administró, y que esencialmente todavía dura. Clave fue el desarrollo de las líneas rojas, es decir, una breve lista de situaciones, por los cuales uno y otro estarían dispuestos a ir a la guerra, y, por lo tanto, debieran siempre evitarse en las decisiones que se tomarán.

Fue una etapa con muchos villanos, pero también con algunos héroes que todavía no reciben el homenaje debido. Uno de mis favoritos es Stanislav Yevgráfovich Petrov (1939-2017), quien, como teniente coronel de las Tropas de Defensa Aérea Soviética, probablemente evitó la tercera guerra mundial, por el rol clave que tuvo en el llamado incidente del equinoccio de otoño en 1983.

El 26 de septiembre de ese año, tres semanas después de que la URSS derribara el vuelo 007 de Korean Air, en un momento de extrema tensión ya que ese país esperaba una respuesta de occidente, el sistema de alerta temprana nuclear OKO informó equivocadamente que se había lanzado un misil desde los EE. UU. seguido por otros cuatro, todos en camino. En ese momento, Petrov era el oficial de guardia a cargo, y a pesar de tener órdenes estrictas de respuesta, Petrov decidió ante su conciencia que era una falsa alarma, por lo que no acató las instrucciones que tenía según el protocolo militar soviético. Sin duda, ayudó a evitar un intercambio de misiles que pudo haber desembocado en una guerra nuclear. Fue, por cierto, el fin de su carrera militar, a pesar de que la investigación demostró que la alerta satelital soviética había funcionado mal. A mi juicio, Petrov fue un héroe, que debió haber tenido un reconocimiento mayor, tanto en Rusia como en Occidente.

Creo que el mundo debe dejar de satanizar a la guerra fría y tener una aproximación más balanceada sobre sus virtudes y defectos. A China y EE. UU. les corresponde recuperar la noción probadamente útil de líneas rojas a no ser traspasadas, y creo, que, de partida, hacer un aprendizaje de lo que se hizo para el poder nuclear, regulándolo, aprovechando la energía para fines pacíficos, y protocolos muy rígidos para su poder destructivo, que en definitiva pudo ser impuesta al resto del mundo, a pesar de que Pakistán y Corea del Norte sorprendieron al también poseer misiles con la capacidad de transportar sus bombas atómicas.

EE. UU. y China podrían aprender de esta experiencia para establecer una ética del límite en relación con la IA, y para descubrir en la IA un elemento común de negociación, lo que a su vez podría ayudarlos a que su enfrentamiento se redujera al ámbito económico para colaborar con el resto del mundo en un tratado internacional de regulación. Lo que esos dos países pueden hacer, aprendiendo de la parte positiva de la guerra fría, es clave para la etapa que se vive, toda vez que vivimos una época donde el propio éxito científico-tecnológico ha aniquilado el antiguo paradigma del progreso indefinido, entendiendo que se puede tanto avanzar como retroceder, y que los símbolos de vida también pueden serlo de muerte, por lo que hay que aceptar que el desarrollo tecnológico puede ir acompañado de subdesarrollo espiritual y cultural.

Sin embargo, para una adecuada regulación no basta con el ejemplo de lo avanzado con la energía atómica, que por insuficiente que sea, en su oportunidad se hizo a partir de la nada, ya que nada servía de orientación para negociaciones que con posterioridad desembocaron en la détente. Más aún, China y EE. UU. pueden cumplir un rol más satisfactorio que la URSS y EE. UU., si logran encontrar una causa común en ponerle límites a la IA sin sacrificar su competencia económica por ser la potencia dominante en el siglo XXI, para ello se necesitan dos cosas en forma adicional, siendo la primera controlar y por lo tanto, regular mucho mejor a las empresas, en momentos que las 7 magníficas pueden ser desplazadas de su actual dominación económica por las nuevas empresas de IA, que van a ir saliendo a la bolsa, una a una.

EEUU y China deberían encontrar en la IA un punto común de negociación (REUTERS/Evan Vucci)

La segunda necesidad es entender que toda regulación siempre va a ser incompleta si es que no se lograra incorporar a nivel internacional y nacional la respuesta bioética que se necesita en la forma de los neuroderechos, no como moda jurídica, sino como protección contra toda intervención para acceder, registrar, modificar y comercializar la interioridad humana, la mente, el último de los últimos santuarios a ser resguardados. Es a la vez identidad personal e integridad psíquica, derecho humano a ser protegido en una fase incluso anterior a que sea expresado, evitando toda captura tecnológica o comercial, sobre todo, actuando a tiempo para evitar lo que ha ocurrido con la internet y la falta de protección de niños y adolescentes, con la impunidad indebida que la sección 230 concede a las empresas que lo han permitido.

En definitiva, todo neurodato debe ser protegido de usos secundarios, aún aquellas situaciones que el propio sujeto desconoce, por lo que realmente no existe ni puede existir un consentimiento informado de esos estados internos. Es imprescindible avanzar hacia una ética del límite en la IA, ya que no todo lo que es técnicamente posible es éticamente aceptable, por lo que la mente no puede ser modificada o explotada, necesitándose la ampliación de la noción de derechos humanos, a través de la incorporación como deber constitucional que la interioridad humana sea inviolable para el mercado y/o el Estado.

Para la IA no deben existir empresas cuyo tamaño o poder haga imposible su regulación, por lo que es necesario que se imponga la idea que la mente humana es una frontera que no puede ser violada, debiendo ser una línea roja infranqueable, ni siquiera como experimento con reclusos.

Como conclusión, siempre, toda revolución tecnológica ha traído consigo la capacidad para hacer el bien como también el instrumental para el mal, si cae en las manos equivocadas. En ese sentido, la IA no es diferente, por lo que como nunca necesitamos que el sistema educativo promueva el pensamiento crítico para que no se difunda aún más, esta situación de reciente aparición de no pensar por sí mismo, y consultar todo debate de amigos a la aplicación de IA que estemos usando.

Mi impresión personal es que por sí sola la IA no va a cambiar la esencia de lo que somos los seres humanos, ya que, por algo, evolucionamos más lentamente y hemos aprendido lo que Schopenhauer (1788-1860) enseñaba, que, si difícil es encontrar la felicidad dentro de uno mismo, es imposible encontrarla en otro lugar.

(c) INFOBAE

*@israelzipper: Máster y PhD en Ciencia Política (U de Essex), Licenciado en Derecho (U de Barcelona), Abogado (U de Chile), excandidato presidencial (Chile, 2013)

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