Andrés A. Aybar Báez
Para 7 Segundos Multimedia
He leído con mucho interés el editorial de Aníbal de Castro sobre el crecimiento del comercio chino. Como siempre, invita a una reflexión necesaria. Sin embargo, entiendo que el análisis merece incorporar otra perspectiva para comprender un fenómeno que ya no es dominicano, sino global.
Es correcto exigir una fiscalización rigurosa por parte de la Dirección General de Aduanas y de la DGII. Todo comerciante, sin importar su nacionalidad, debe cumplir las mismas normas tributarias, laborales y sanitarias. Ese principio es incuestionable.
Pero atribuir el éxito del comercio chino únicamente a posibles incumplimientos legales deja fuera una realidad económica mucho más amplia. La verdadera pregunta es: ¿qué está haciendo China que le permite competir con tanta fuerza en casi todos los mercados del mundo?
La respuesta combina producción a gran escala, una logística altamente eficiente, integración de su cadena industrial, fuerte inversión en tecnología y políticas públicas orientadas a fortalecer su capacidad exportadora. El resultado es una estructura de costos que pocos países pueden igualar.
Hoy lo vemos no solo en los pequeños comercios, sino también en la industria automotriz, donde las marcas chinas están conquistando mercados con vehículos de buena calidad y precios muy competitivos. Tampoco debemos olvidar que muchas de las empresas más importantes de Occidente, incluyendo Apple, fabrican gran parte de sus productos en China.
La pandemia del COVID-19 evidenció esa realidad. Cuando las fábricas chinas cerraron temporalmente, el mundo descubrió hasta qué punto dependía de su capacidad industrial para abastecerse de bienes esenciales.
Por supuesto, es legítimo debatir sobre subsidios, competencia desleal o prácticas comerciales. Pero sería un error concluir que el éxito chino responde exclusivamente a la evasión de normas. Si fuera así, difícilmente habría logrado posicionarse como el principal proveedor de buena parte del planeta.
La República Dominicana debe fortalecer sus mecanismos de control, pero también estudiar con objetividad las razones del éxito chino. Más que preguntarnos cómo detener su avance, deberíamos analizar qué podemos aprender para ser más competitivos.
Los grandes cambios económicos nunca tienen una sola explicación. Para entender el fenómeno chino debemos observar ambas caras de la moneda: exigir el cumplimiento de nuestras leyes y, al mismo tiempo, comprender las fortalezas que han convertido a China en la fábrica del mundo.



