Un estudio de la Universidad Austral y el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat porteño relevó cómo usan celulares, tablets y TV las familias con niños pequeños. Qué efectos preocupan más y por qué no todos pueden poner los mismos límites
Maria Eugenia Cazeneuve / Infobae
Las pantallas, a través de dispositivos como el celular, la tablet o la televisión, aparecen una y otra vez en escenas repetidas de la vida cotidiana de niños cada vez más pequeños: un capricho, una espera larga, un viaje ocuando un adulto necesita unos minutos para cocinar, ordenar o seguir trabajando.
En ese contexto, un nuevo informe detectó quelas pantallas ya forman parte de la rutina de crianza de chicos de hasta 5 años y su uso genera preocupación por el impacto en neurodesarrollo, con efectos en el sueño, el lenguaje y la atención.
La investigación, elaborada por el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad de Buenos Aires junto con la Universidad Austral, se basó en 10 grupos focales con 78 participantes, en su mayoría madres, aunque también incluyó padres, abuelas, niñeras y otras personas cuidadoras.
“El ejercicio del cuidado en tiempos de pantallas está atravesado por contradicciones, preocupaciones y sentimientos de culpa en todos los estratos socioeconómicos”, expone el relevamiento titulado “Estrategias y recursos en las prácticas de cuidado y crianza de niños y niñas en la primera infancia: un estudio cualitativo en la Ciudad de Buenos Aires”.
Desde la Universidad Austral, la decana del Instituto de Ciencias para la Familia, Dolores Dimier de Vicente, señaló que las familias no solo expresan preocupación por el uso de pantallas en la primera infancia, sino también una fuerte demanda de herramientas concretas para regularlo: “Varias de las personas participantes señalaron la necesidad de recibir mayor formación y orientación sobre los efectos del uso de dispositivos, las pautas que conviene aplicar y el modo concreto de hacerlo”.
La especialista planteó que los participantes de la investigación también destacaron el valor de la orientación para llevar esas pautas a la práctica: “Cuando hablaron de fortalecer las redes, se refirieron también a la necesidad de construir consensos entre grupos de pares”.
Pantallas: qué efectos preocupan en menores de 5 años

En hogares de sectores medios y medios altos aparece con más fuerza la distancia entre los ideales de crianza y lo que efectivamente ocurre en la rutina. En los sectores con más vulnerabilidad, el recurso a los dispositivos queda más ligado a la falta de ayuda, a la sobrecarga concentrada en una sola persona y a la necesidad de sostener tareas básicas en contextos de mayor restricción material.
Uno de los puntos que más inquietud generó entre quienes participaron del estudio fue el posible efecto de la exposición temprana y prolongada sobre el desarrollo. En los testimonios aparecen referencias a alteraciones del sueño, dificultades en el lenguaje, problemas de atención, más ansiedad y menor tolerancia a la frustración.
También surge la inquietud por el desplazamiento del juego, la conversación y la interacción cara a cara. Una de las frases recogidas en los grupos resume esa percepción: “Con mi nieta el tema de los horarios, del descanso, del sueño, se convierte en un conflicto por el tema del celular”, señaló una abuela del estrato bajo.
El documento retoma, además, investigaciones que asocian la exposición a pantallas durante los primeros años con dificultades en el desarrollo del lenguaje y las habilidades de comunicación, tanto en la comprensión como en la amplitud del vocabulario. También menciona posibles efectos sobre la atención a los estímulos del entorno, las experiencias sociales, la resolución de problemas y la comunicación con otras personas.
Durante la presentación, el ministro de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad, Gabriel Mraida, sostuvo: “Tenemos la responsabilidad de atender la emergencia y, al mismo tiempo, la responsabilidad de escuchar las conversaciones y las preocupaciones de las familias. Eso es lo que venimos haciendo con el uso de pantallas: dar respuestas basadas en evidencia, entender qué está pasando puertas adentro de cada casa para acompañar a cada familia en sus necesidades específicas”.
Diferencias entre distintos tipos de pantallas

En los grupos focales, varias familias diferenciaron entre tipos de pantallas. La televisión quedó más asociada a películas, música o escenas compartidas dentro del hogar.
El celular y la tablet, en cambio, aparecieron ligados a consumos más fragmentados, videos breves y usos más individuales, con mayor dificultad para supervisar contenidos y sostener límites. En ese punto, el informe registra preocupación por el peso de los algoritmos y por la exposición a materiales no siempre adecuados para la edad.
La investigación también describe que las pantallas no aparecen, en general, como una práctica elegida porque sí, sino como un recurso para resolver momentos concretos de la rutina.
Una madre lo resumió con una frase incluida en el estudio: “Debo confesar que yo de a ratitos pongo videos en el celular, es mi salvación”. Otras personas contaron que recurren al dispositivo para que el chico coma, se deje peinar, se quede quieto o permita que el adulto haga otra tarea.
En ese marco, el problema no pasa solo por el tiempo de exposición. También entra en juego para qué se usa la pantalla, en qué momento, con qué contenido y bajo qué condiciones de cuidado. Cuando el dispositivo aparece como respuesta automática frente al llanto, el aburrimiento o el desborde, el estudio advierte que se vuelve más difícil ofrecer otras formas de regulación.
Otro eje fuerte del relevamiento es la desigualdad en las condiciones de crianza. En el estrato socioeconómico bajo, casi la mitad de las madres dijo no tener a nadie más que la ayude con el cuidado de sus hijos. En el estrato medio pleno, en cambio, predominan redes más densas, con dos, tres o más personas disponibles para acompañar la organización cotidiana.
No todas las familias pueden poner los mismos límites

Esa diferencia modifica también el modo en que entran las pantallas en la vida de los chicos. El documento describe: “En los sectores más vulnerables, el uso de pantallas aparece más fuertemente asociado a la falta de redes de apoyo, la sobrecarga concentrada en una única persona cuidadora, frecuentemente mujer, y la necesidad de sostener tareas básicas en contextos de mayores restricciones materiales”.
Cuando faltan redes de apoyo, las posibilidades de poner límites se reducen. El estudio muestra que, en esos hogares, el cansancio, la urgencia y la necesidad de hacer rendir el tiempo dejan menos margen para sostener alternativas. A eso se suma que la regulación no siempre se acuerda entre todos los adultos. En varios testimonios, las madres señalaron que intentan restringir el uso, mientras padres u otros familiares ceden para evitar conflictos.
El estudio también registra escenas de enojo, llanto y berrinches cuando se intenta retirar el dispositivo. En algunos casos en los sectores más vulnerables, incluso se mencionan crisis asociadas a la falta de conexión o de electricidad. Esos relatos refuerzan la idea de que el límite tecnológico no se resuelve solo con una recomendación general, sino dentro de situaciones familiares marcadas por el trabajo, la fatiga y la falta de apoyos estables.
El trabajo también aporta datos sobre quiénes participaron: 70 mujeres y 8 varones, con un promedio de edad de 38 años. Entre ellos hubo 54 madres, 9 abuelas o abuelos, 7 niñeras o cuidadoras remuneradas, 7 padres y una tía. La segmentación se hizo según nivel socioeconómico, edad de los chicos y situación laboral de la persona cuidadora, con el objetivo de observar cómo cambian las prácticas de crianza según el contexto.
Qué dice la evidencia sobre los efectos de las pantallas

Si bien el informe del Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad de Buenos Aires junto con la Universidad Austral fue elaborado a partir de grupos focales y no midió efectos clínicos en una muestra amplia, sus hallazgos se enmarcan en un tema que gana terreno en la investigación científica: los efectos de la exposición a pantallas en el neurodesarrollo.
En ese marco, Infobae detalló una investigación longitudinal que vinculó la exposición a pantallas antes de los 2 años con cambios en el desarrollo cerebral y con más síntomas de ansiedad en la adolescencia. Meses después, otra revisión internacional asoció el uso intencional de dispositivos en bebés y niños pequeños con dificultades en el lenguaje, el sueño y la socialización, además de menos tiempo para el juego físico y la interacción cara a cara.
En esa misma línea, Infobae publicó en marzo de este año que el Reino Unido difundió una guía oficial que recomienda evitar las pantallas en menores de 2 años, salvo en actividades compartidas con adultos, y limitar a una hora diaria o menos el uso en chicos de 2 a 5 años. El objetivo, según esa recomendación, es que la tecnología no desplace rutinas centrales como el sueño, el juego, la creatividad y el diálogo con los adultos. Menos de una hora por día, Reino Unido publicó una nueva guía de uso de pantallas en niños menores de 5 años

En tanto, la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) remarcó que la sobreexposición a pantallas puede desplazar experiencias esenciales para el desarrollo, como el juego, la vida al aire libre y la interacción socioafectiva. En ese mismo texto, la SAP recomendó evitar pantallas en menores de 2 años y limitar a una hora diaria el tiempo de exposición en niños de 2 a 5 años, con contenidos de calidad y acompañamiento adulto.
“La sobreexposición a la tecnología puede generar una sobreestimulación sensorial en una etapa de inmadurez cerebral, lo que afecta la atención, la memoria, el aprendizaje y la interacción social”, describió a Infobae la médica pediatra Silvina Pedrouzo, presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de Información y Comunicación (TICs) de la SAP.
El uso prolongado de pantallas no solo puede afectar el aprendizaje y la socialización. También desplaza tiempo de juego y movimiento, y fortalece el sedentarismo, una condición vinculada con tasas más altas de sobrepeso y obesidad infantil. “El uso abusivo de los dispositivos resta tiempo a la actividad física, que es clave para un desarrollo saludable”, subrayó la médica pediatra Paula Otero.
En este marco, el valor del informe sobre crianza no pasa por establecer una relación causal definitiva, sino por mostrar cómo esas discusiones ya atraviesan la vida cotidiana de las familias. Cuando madres, padres y cuidadores hablan de sueño alterado, dificultades para sostener límites, menos tolerancia a la frustración o desplazamiento del juego, ponen en palabras una experiencia concreta que coincide con alertas que vienen repitiéndose en estudios, guías oficiales y recomendaciones pediátricas.
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