Fernando Mires / Polis: Política y Cultura
Decir que estamos viviendo en vísperas de un nuevo orden mundial ya es un lugar común. Decir que ese nuevo orden que ya aparece en lontananza será forjado por encuentros y desencuentros que se den entre los tres imperios de nuestro tiempo, es obvio. Decir que Estados Unidos reclama a través de Trump el dominio absoluto por sobre lo que es, o él imagina debe ser, el hemisferio occidental, ha quedado claro desde la publicación de la Carta de Seguridad Interior del 2025, ya conocida como Doctrina Trump.
Los tres imperios reclaman la dominación de espacios territoriales. Atraer hacia sí a la Europa del Este que una vez perteneciera a la URSS será el objetivo de Putin si es que logra someter a Ucrania. Por su parte, los EE UU de Trump no ocultan el propósito de anexar territorios ricos en materiales estratégicos. Ya se apoderó de Venezuela y espera hacer lo mismo con Groenlandia y, si es posible, con Canadá. Eso no significa que no esté dispuesto a sentar posesión sobre países no occidentales, aunque sea para evitar que estos caigan en manos enemigas.
La tarea principal de los EE UU en la región islámica -concebida originariamente como un apoyo a Israel – es que Irán no caiga en las manos económicas de China o en las militares de Putin, y con ello, uno o ambos imperios asociados, logren sentar primacía. Claro, eso no lo dice ni lo dirá Trump, entre otras cosas, para no provocar a Rusia a la que Trump considera aliado en otras zonas del planeta, entre ellas, en la propia Ucrania.
En términos más Concisos, no hay que ser mago para predecir que las décadas que vienen estarán plagadas por cruentas guerras híbridas en las que los tres imperios estarán siempre involucrados. En términos pesimistas podríamos pensar que el futuro que se nos avecina será lo más parecido al Apocalipsis bíblico. Lo siento, pero no hay indicadores que apunten en dirección contraria.
1.
El mundo está en guerra. Todas las pretensiones de Trump y Putin pasan por esa realidad. No es una guerra mundial, como las dos primeras, pero son guerras con articulaciones mundiales en la que tres imperios actúan de modo directo o indirecto. Trump, a pesar de su simpleza de expresión lo sabe. Su accionar en Irán no está destinado a evitar que ese país tenga acceso a la opción atómica. Ese es para él un pelo de la cola. Lo que interesa a los EE UU de hoy es que ni China ni Rusia conviertan a Irán en una pieza geoestratégica en pleno Oriente Medio.
Rusia intenta escalar en la guerra comenzada en contra de Ucrania, provocando (y atacando) a naciones como Alemania, Polonia, Finlandia, y evidentemente lo seguirá haciendo, hasta llevar a la UE a una situación límite a la que no quiere llegar. Putin sabe que solo en el marco de una gran confrontación mundial puede anexar a Ucrania. Sin esa opción, no lo logrará nunca por sí solo.
Trump, y sobre todo Vance, han optado a su vez por una estrategia anti-europea y anti-OTAN, dentro y fuera de la OTAN, no dudando en financiar partidos políticos de la así (mal llamada) nueva derecha extremista (trumpista y putinista a la vez). Hay en efecto, por parte de los imperios rusos y norteamericanos, una hostilidad abierta a las democracias constitucionales de Europa.
China, al lado de los dos imperios nombrados, parece haberse embarcado en una guerra económica global renunciando a la opción militar, o reservándola para el caso de que si alguna vez a un gobierno norteamericano se le ocurra “des-chinizar” a Taiwán. Pero las apariencias engañan. China es, objetivamente, un aliado militar de Rusia. Lo es en Irán. Lo es movilizando a su peón, Corea del Norte, hacia Ucrania. Los regímenes norcoreanos y rusos pueden ser vistos como piezas de China en el tablero mundial.
Interesante es destacar que, a diferencias de la segunda guerra mundial y a la consecuente Guerra Fría que no fue fría sino caliente y también mundial, y a la vez, a semejanza de la primera guerra mundial, la guerra híbrida mundial que estamos viviendo no es ni será una guerra ideológica.
Durante la segunda guerra mundial, la guerra en contra del fascismo fue librada en nombre de la democracia; la Guerra Fría en contra de la URSS y China, fue librada por los EE UU en nombre del “mundo libre” mientras las potencias comunistas lo hacían en nombre del futuro comunista. La guerra que estamos ya viviendo, en cambio, no necesita de artilugios ideológicos.
El último presidente norteamericano que intentó otorgar un cariz ideológico a a las guerras del siglo XXl fue Joe Biden, estableciendo como antagonismo el de democracia contra dictadura. Ese esquema fue destruido por Trump de un solo manotazo. A Trump -lo estamos viendo en Venezuela- interesa un carajo la guerra por la defensa de la democracia fuera de sus fronteras.
Los aliados principales de la geoestrategia trumpista son implacables dictaduras como las de Arabia Saudita, restos de dictadura como en Venezuela, gobiernos autocráticos como era el de Orban, y militaristas como son los de Erdogan y Netanyahu. O para decirlos en palabras más directas: el esquema izquierda-derecha, que durante la Guerra Fría regía las relaciones internacionales, ya no existe.
Nadie puede decir que Trump o Putin son de izquierda o de derechas aunque los dos hayan robado algunos fragmentos del antiguo orden político. Ni siquiera China, donde rige una nomenklatura de tipo comunista, puede ser considerado hoy como un país de izquierda. China es la primera o segunda potencia capitalista mundial. Que la clase dirigente del país esté organizada en un partido comunista solo significa que, como sucede con las especies vivas en el transcurso de su evolución, perviven órganos readaptados cumpliendo funciones diferentes a las que desempeñaron en el pasado. La gallina, para poner un ejemplo baladí, fue un pájaro que con sus alas volaba. Pero hoy día nadie ha visto a una gallina volar bajo las nubes. Las alas solo las usan para proteger a sus polluelos. De la misma manera, el partido comunista chino, nacido para dirigir la revolución comunista, ha sido readaptado para proteger bajo sus alas a la economía capitalista del inmenso país. El PCCH es el directorio gigante de una gran empresa capitalista mundial. Trump que es bruto pero no tonto, también descubrió que la maquinaria construida por Chávez en Venezuela podía ser puesta al servicio del imperialismo dentro del país.
Ahora bien, si los conflictos que rigen entre las naciones que dominan el mundo no tienen nada que ver con el paradigma izquierda-derecha, lo más probable es que ese paradigma deje de funcionar para ordenar las relaciones políticas internas de cada nación. Si esto es así, no deja de ser un hecho problemático para la democracia occidental pues izquierda y derecha, en sus más diversas formas, eran el eje en torno al cual había girado la política occidental. Esa esa es una de las razones por las cuales bien se dice que las democracias occidentales se encuentran viviendo una crisis radical. No así los regímenes autoritarios y dictatoriales de países no occidentales donde, salvo raras excepciones, nunca hubo democracia. No obstante, la mayoría de los analistas, en cierto modo formados al interior de los paradigmas democráticos, se resisten a pensar que izquierda y derechas se encuentren en extinción al interior de sus respectivos países. De tal modo que corremos el peligro de seguir comunicados con un paradigma que ha dejado de existir, uno donde las llamadas izquierdas o derechas, si es que existen, han pasado a ser muy distintas a las que originariamente fueron.
Creo no equivocarme si afirmo que el colapso del paradigma izquierda-derecha comenzó a tener lugar por el lado izquierdo y no por el lado derecho de la política. Esto quiere decir que no ha sido el éxito de la derecha lo que ha llevado a la destrucción de las izquierdas, sino al contrario, el colapso de las izquierdas, que comenzó a tener lugar a nivel mundial después del derrumbe del Muro de Berlín en 1990, arrastró consigo a la otra parte del paradigma, formado por las derechas. En efecto. Sin izquierdas no puede haber derechas, de la misma manera que un manco no tiene una mano izquierda ni una mano derecha; solo tiene una mano.
Afirmamos que el derrumbe del muro de Berlín, es decir, el fin del comunismo europeo y occidental, fue el hecho más decisivo de la transformación política que estamos viviendo. En un comienzo no pocos imaginaron que la caída del muro creaba las condiciones para el renacimiento de una nueva izquierda democrática, distinta a la izquierda para-dictatorial que conocimos bajo la dominación de la URSS. No fue, sin embargo, así. Con el derrumbe del comunismo existente y real tuvo lugar también el fin de una creencia pseudocientífica, a saber, que el socialismo o comunismo era una fase inscrita en el desarrollo objetivo de la humanidad y que, por lo mismo, más allá de los errores de sus ejecutantes, tarde o temprano iba a renacer en gloria y majestad. Fue esa una de las razones por las cuales, sectores de la izquierda democrática fueron en general muy benignos cuando se trataba de criticar las atrocidades cometidas en Moscú y Beijing en nombre del comunismo.
Objetivamente, de acuerdo con el esquema trazado, el mundo de ayer estaba dividido entre socialistas y capitalistas, y por lo tanto, había siempre un “enemigo principal”. Lo que muy pocos entendieron fue que, con el fin del comunismo, lo que se venía abajo era una concepción de la vida y de la historia.
2.
Pero no solo fue el fin del comunismo lo que llevó al comienzo del derrumbe de las izquierdas, sino además, nuevos cambios que a su vez explican la propia caída del comunismo. Uno de ellos fue el fenómeno de la globalización que, al desnacionalizar economías nacionales, desnacionalizó también las luchas sociales de nuestro tiempo .
Hoy, ya lo sabemos, el antiguo “proletariado” de la izquierda marxista ha dejado de existir. Ha sido sustituido por trabajadores informales y-o migratorios, agrupados en los llamados sectores de servicio, no organizados en sindicatos ni en partidos y cuya tendencia general es apoyar a gobiernos y movimientos de derecha, pero que tampoco ya son de derecha, en el sentido tradicional del término.
Por si fuera poco, la llamada revolución digital comenzaría a hacer estragos en las formaciones sociales y políticas estructuradas en torno a la hegemonía del orden industrial. En breve, no solo el escenario había cambiado, también había cambiado el argumento de la nueva trama y, por lo mismo, sus actores principales. Estamos leyendo un nuevo tomo de la historia moderna, y es importante que así lo entendamos de una vez.
Lo definitivo: el orden social, y con ello, el orden político tradicional que había primado a lo largo de casi todo el siglo XX, había dejado de existir y con ello, las nociones de izquierda y de derecha que ordenaban la política occidental, ya no fueron las mismas de antes. Así se explica la crisis de los partidos de izquierda, y luego, también la crisis de los partidos de derecha y su sustitución por nuevos partidos a los que por comodidad, inercia o pereza, seguimos denominando de derechas.
3.
Miremos hacia el lado izquierdo. Casi no hay país europeo o latinoamericano en donde los partidos socialistas, democráticos o no, no estén siendo implacablemente derrotados. Pero no lo están siendo por la derecha sino por apariciones políticas a las que calificamos de derecha pero, objetivamente, no lo son. Algunos los llaman -incluso utilizando buenos argumentos- fascistas o fascistoides. Probablemente lo son. Pero no son una reedición del fascismo del siglo XX, sino una aparición política que atrae a no pocos adherentes de las antiguas izquierdas, no como a “clases” sino como a “masas”. Son partidos surgidos de la anomia, o de la desintegración social, un fenómeno que suele aparecer en los periodos de transición de un nuevo orden social a otro. Partidos que ofrecen soluciones muy simples a los problemas más complejos, apelando a una retórica ultranacionalista cuya utopía reside en un pasado que generalmente nunca existió, como el movimiento MAGA y sus réplicas en Europa y en América Latina.
Frente a las izquierdas movimientos como MAGA se presentan como anticomunistas (algo muy fácil desde que el comunismo no existe) y, sobre todo, como nacionalistas. La mayoría de ellos siguen a líderes nacionalistas, a los que se cree dotados de poderes superiores. El trumpismo es solo uno de ellos. Antes de que se produjera la llegada de Trump a su segundo periodo, esos partidos, movimientos e incluso gobiernos, ya actuaban, sobre todo en Europa (Berlusconi, Orban, el PiS polaco, Erdogan). La paradoja es que esas instancias nacionalistas actúan de un modo internacionalmente muy coordinado, aún más que la Internacional Comunista del pasado reciente. Es por eso que no deben ser confundidos con las antiguas derechas, conservadoras, tradicionales, familiaristas y religiosas.
Los líderes de los nuevos partidos nacional-populistas usan recursos retóricos propios a las antiguas derechas, pero también, y aún más (esta es la gran paradoja) de las antiguas izquierdas. De hecho apelan a un discurso anti-sistema, como los antiguos comunistas, dirigido fundamentalmente en contra de la clase política de la que ellos mismos son miembros. La lucha en contra de la clase dominante ha sido redirigida en contra de los más indefensos, los miembros de ese proletariado global y transhumante formado por emigrantes, que vienen a “inundar” a nuestra “cultura” y a nuestros “valores” no importando que la mayoría de los líderes nacional-populistas sean personajes incultos y muy corruptos en su vida pública y privada (Trump es solo uno de ellos).
En pocas palabras, la llamada nueva derecha, ni tan nueva ni tan derecha, es un producto de la descomposición social, como lo fue, en cierto sentido, el fascismo del siglo XX pero, por lo mismo, imposible de ser entendida como derecha en el sentido usual del termino. Incluso, entre los diversos gobiernos nacional-populistas observamos diferencias muy grandes, como fueron también las que se observaban en el siglo xx entre el fascismo de Mussolini, el nazismo de Hitler, y la dictadura castólica de Franco
En Europa hay notorias diferencias entre una nacional-populista como Giorgia Meloni y su epígono alemán Alice Weidel. La primera, religiosa, conservadora, nacionalista, pero a la vez europeísta, no ha vacilado en situarse en contra de Putin y, si las condiciones así lo exigen, también en contra de Trump. La segunda en cambio es una legítima representante de un “fascismo ordinario” (para usar el nombre de la película de Milos Forman) abiertamente anti-político, lleno de odios y de hipocresías. Weidel no oculta su aversión a la moral Woke. Pero ella misma es lesbiana. A su vez, fue la primera en usar la palabra re-inmigración (sinónimo de deportación), y a la vez está casada con una mujer emigrante.
En América Latina podemos observar fenómenos similares.
En Chile y Argentina, por ejemplo, gobiernan dos presidentes que siguen una ruta económica común, mantienen opiniones políticas similares y añoran pasados sangrientos y dictatoriales. Pero a la vez, cada uno de ellos se ha adaptado a las tradiciones que imperan en cada país.
José Antonio Kast llegó a la presidencia con un discurso tan extremista como el de Milei, pero ha sabido adecuarse a las tradiciones de la derecha conservadora que imperan en su país. Podríamos decir que Kast es una especie de Milei con Valium.
Milei también se ha adaptado perfectamente a las tradiciones de su país, pero no como Kast a las de las derechas conservadoras, sino al peronismo más extremo. Su discurso es insolente, grosero, odioso; su figura linda con lo grotesco, y su vida privada, a diferencias del muy ordenado Kast, está llena de sospechas. Kast es anti-Woke. Milei es un Woke anti-Woke, y hoy, al igual que la izquierda peronista, se ha declarado “malvinista”, es decir, defensor de la argentinidad de las Malvinas. En otras palabras: Kast es más nacionalista que populista y Milei es más populista que nacionalista.
Importante es destacar que la “nueva derecha” latinoanericana, aunque se diga de derecha, no es de derecha y, en algunos casos, es más parecida a la izquierda populista (peronista o chavista, incluso orteguista) que a la antigua derecha.
De la misma manera, el discurso político de los populistas de izquierda europeos (Iglesias, Melenchon, Wagenknecht) es muy coincidente con el de los llamados populistas de derecha, sobre todo en el irrespeto al derecho y a las instituciones públicas y, no por último, en el anti-europeísmo que ostentan. No es casualidad que los tres mencionados sean partidarios de la Rusia de Putin. La llamada izquierda Woke, por ejemplo, no tiene nada que ver con las antiguas izquierdas obreristas, socialistas o comunistas. Ni siquiera es su continuación.
Imaginemos que a uno de esos antiguos cuadros de la izquierda social, sindicalistas y abnegados luchadores sociales, pero a la vez, cultivadores del orden familiar patriarcal, les hubiéramos hablado de libertades sexuales, de lesbis y de homos. Te habrían considerado como a un enemigo degenerado.
La izquierda Woke -incluyendo sus interesantes aportes a la lucha políticos (ecologistas, culturales, feministas)- no es la continuación de la izquierda socialista, de la misma manera que la supuesta derecha nacional-populista no tiene nada que ver con la izquierda conservadora del pasado reciente. Ambos, son “otra cosa”. Esa “otra cosa” es la que debemos descifrar. Y eso tiene una importancia política fundamental.
Si pensamos desde una esquina tradicional de izquierda tenemos que oponernos por igual a los representantes de la antigua derecha conservadora de ayer y a los nacional populistas de ahora. Pero eso sería fatal. Tan fatal como cuando en el pasado Stalin ordenó combatir con la misma furia a los social demócratas y a los nazis. Esas locuras suelen pagarse muy caro.
Lo que ahora se impone es intentar aunar defensivamente a todos los que estamos conviviendo en el mismo espacio democrático, seamos conservadores, liberales, socialdemócratas, o de todo eso un poco. Ese es el espacio de los derechos humanos, de las constituciones y de las instituciones. Ese es también el espacio que nos quieren quitar los nacional populistas de nuestra era, díganse ellos de izquierda o de derecha. No es poco, es muchísimo lo que está en juego.
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