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Damas y caballeros: ¡no nos leen! Por qué seguimos escribiendo si ya nadie lee

REDACCIÓN Por REDACCIÓN
marzo 26, 2026
en Opinión
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Damas y caballeros: ¡no nos leen!                         Por qué seguimos escribiendo si ya nadie lee
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José Luis Taveras. Abogado, ensayista, académico, editor.

Escritores, seamos honestos, lo que hacemos puede que conserve algún sentido; sin embargo, pierde cada día interés. Se supone que escribimos para un público, pero pocos nos leen.  Presumir lo contrario es iluso.

No le pregunto a nadie por lo que escribo. Me evito la decepción.  El que pretende agradarme cree sentirse redimido cuando me dice: «¡Te leo!«, como si con eso saldara una vieja deuda. Ya ni respondo para no exponerlos, aunque en ocasiones les he inquirido sobre el último de mis trabajos, entonces asoman los apuros y se ponen en evidencia. Al menos los dejo en la vergüenza para que no sean ofrecidos.

Lo siento, no mendigo. Evito mandar por WhatsApp mis trabajos. No es arrogancia, es respeto. Al que quiera leerlos les basta con buscarlos desde su móvil.  Un esfuerzo manual tan fácil como ver un video en Tik Tok. No quiero que lo hagan por agrado, obligación, pena o cortesía. Quien lee lo hace por deseo propio.

A veces no sé si reír o llorar por los escritores dominicanos, tan anónimos como lo que producen. A pesar de su excelencia, son soñadores: viven la fantasía de creer que los leen. Una candidez comprensible, pero quimérica. Resignados al autoengaño como razón oxigenante de su soledad intelectual.

Ellos mismos saben que si imprimen mil ejemplares de un libro, apenas venderán ochocientos ¡como bestseller! en la única librería que pervive del país.  El resto será un obligado reparto de cortesía o donaciones.

Recuerdo a un amigo escritor que, hastiado de tropezar con sus libros en la casa, quería salir de las cajas ya polvorientas. En un arrebato de frustración me juró organizar una fogata playera para incinerar aquellos que aún conservaba —más de los vendidos— y, en el acto, pregonar la muerte ritual del libro en una grandiosa era de revolución digital. ¡Pletórico desquite!  

Lo anecdótico es que una buena parte de los escritores habita en un ermitaño mundo de abstracciones, creyéndose muchas veces su propia utopía; otros, batiéndose en un callado duelo de egos. En tal justa cada uno se confirma en su propio espejo, siempre mirado como más lustrado que el ajeno. Autores a la espera de un premio de alguna fundación, feria o Gobierno, con el que esperan rescatar sus ignotas historias y obras, esas que pocos conocen.

Escribir hoy es un grito sin tañido. El mundo está seriamente entretenido en cosas ligeras. El ocio digital es la ocupación más orgánica de una sociedad ingrávida. Nada que demande disciplina o rigor suele ser apetecido. Triunfa así la cultura del microondas o del precocido.  Se prefiere lo cómodo, rápido y digerible: historia de tres minutos, lecturas de 280 caracteres, sagas de streaming, crónicas simplonas, farándula y chismografía urbanas. En resumen, el espantoso espectáculo de lo cotidiano. Volvimos así al saber ágrafo, al dominio de la oralidad y a la posverdad que se impone como eco de la masa.

Leer no es un hábito de este tiempo. ¿Para qué, si la información pasiva está ahí? La investigación se consuma en los motores de búsqueda, los análisis los procesan las plataformas de IA y los tutoriales aparecen en YouTube. La idea es inequívoca: los softwares «piensan», nosotros «navegamos» en el ocio de la nimiedad y nos validamos en los logros de los mínimos esfuerzos, por los cuales algunos reclaman loas y se arrogan títulos de celebridades.

La ilustración que inició en el siglo XVIII promovió la razón, el conocimiento y la ciencia para desmotar un pasado de oscurantismo y superstición; el romanticismo del siglo XVIII hasta el XIX exploró la interioridad creativa y la sensibilidad estética frente al imperio de la razón como única verdad. En esta era no son ni la razón ni la creación emocional. La tipificación de esta cultura bajo patrones de pensamiento y modelos de vida sigue en construcción; es «una generación difusa«.   Lo que queda claro es la mitificación de la libertad autoexpresiva como rebelión de los tiempos.  En esa realización masiva, el deleite por lo ligero se entrona en un hábitat de confort tecnológico; explotamos esa fascinación. 

Se escribe por tantas razones: libertad, autodescubrimiento, vanidad, realización y hasta encargo. El Gabo decía que escribía «para que mis amigos me quieran más». Otros lo hacemos por desnudez o por sobrevivencia interior. No escribir nos asfixia, nos oprime. Es, a opinión de Haruki Murakami, como «abrir una ventana y dejar que el mundo entre en tu habitación». Desde ese ángulo, no nos desalienta saber que no nos lean; lo hacemos por egoísmo y no por vanidad. Virginia Woolf escribía: «La verdad es que escribir constituye el placer más profundo, que te lean es solo un placer superficial».

La buena noticia es que escribir nunca estrenará una crisis a pesar de la decadencia de la lectura. Esa sola circunstancia es grandioso motivo para respirar futuro, aunque los escritores sigan siendo una logia de diletantes y sus obras gemas escondidas.

(c) Diario Libre (26.03.2026)

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