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La Extracción

REDACCIÓN Por REDACCIÓN
enero 11, 2026
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A la llamada extracción, si queremos entenderla en términos políticos, podríamos también denominarla como lo que fue: Un golpe de estado de larga distancia.

Por Fernando Mires (Entrevista)

1. La intervención de Trump en Venezuela ya es conocida en los medios de comunicación como “la extracción”. Será difícil cambiar el nombre a ese hecho tan reciente, hecho que también cierra un capítulo en la larga historia de la dominación chavista.

A la llamada extracción, si queremos entenderla en términos políticos, podríamos también denominarla como lo que fue: Un golpe de estado de larga distancia.

A través de la cinematográfica operación militar norteamericana que tuvo lugar el 03.01 2026, la dictadura de Maduro no fue derrumbada, fue simplemente descabezada. La cabeza visible fue extraída, pero el conjunto del estado chavista, al ser escritas estas líneas, está intacto.

Siguiendo a la Constitución, el hueco dejado por la ausencia del dictador fue ocupado por la vicepresidenta del país, Delcy Rodríguez.

2. El aparato de dominación de la dictadura no ha sido desmantelado y, en tanto la presidenta no modifique la estructura del régimen, ella será una dictadora a la que el presidente Trump no intenta derribar sino simplemente manejar, en aras de los intereses que él considera prioritarios para EE UU, los que de acuerdo a las palabras del propio Trump, no son políticos sino económicos .

En otros términos, el presidente Trump intentará servirse del aparato dictatorial para ponerlo al servicio de los intereses norteamericanos. Para muchos, una tremenda ironía. Para otros, una venganza de la historia.

Sobre la cabeza del régimen post-chavista será alzada una espada de Damocles: O gobierna de acuerdo a los dictados de EE UU o será también descabezado. La presidencia del país será ejercida por Rodríguez, pero siempre y cuando no contradiga los proyectos de Donald Trump. Así lo dijo el mismo Trump.

Después del golpe de estado vía externa, fue creada una junta norteamericana ad hoc de gobierno externo formada por Marco Rubio (relaciones internacionales), Pete Hegseth (ministerio de guerra) y Stephen Miller (director de seguridad). Delcy Rodriguez será la encargada de entregar el petróleo a los EE UU y de crear condiciones para un nuevo gobierno que podría ser, si se dieran ciertas condiciones, el de ella misma. Nada está escrito.

3. El golpe de Trump a Maduro debe ser encuadrado dentro la estrategia internacional de su gobierno. Eso quiere decir que Trump no pone en primer lugar el cumplimiento de los derechos humanos en Venezuela. Fiel a su doctrina económica, afirma, le interesa el petróleo venezolano. Pero es evidente que no se trata solo de una guerra petrolera.

La intervención norteamericana vista así, busca dar un paso más en la posesión simbólica y real del hemisferio occidental, propósito explícito de la Carta de Seguridad Interior publicada por el gobierno de los EE UU poco antes de su intervención en Venezuela. En otras palabras, el descabezamiento del régimen forma parte del nuevo orden mundial propuesto por Trump a los imperios chino y ruso. Con esa proposición, Rusia parece estar de acuerdo. China, en cambio, todavía no.

4. El descabezamiento del régimen venezolano no fue legal, pero tampoco ilegal en un mundo que, lentamente, ha sido despojado de legalidad internacional.

No hay ninguna ley ni reglamento internacional que obligue a una superpotencia a derrocar gobiernos extranjeros por más ilegítimos e ilegales que sean sus detentadores, como era el caso del dictador Maduro. Plantearse en contra de la ilegalidad cometida por Trump ha sido, en ese sentido, la tónica predominante de los gobiernos democráticos y liberales de Europa. No podemos aceptar, aducen esos gobiernos, que en las relaciones internacionales impere la ley de la selva. En ese sentido, tales gobiernos coinciden con la posición de China. Sobre todo cuando el gobierno de Xi Jinping hizo público un largo texto abogando por el derecho a la autodeterminación de las naciones.

Desde su posicion geopolítica (pero solo desde esa posición) Xi Jin Ping tine razón. Y la tiene por tres motivos.

El primer motivo, el más obvio, es que el régimen de China esta gobernado por una dictadura de un partido-estado. Por lo mismo, no puede tolerar que las dictaduras, solo por que lo son, corran el peligro de ser atacadas por enemigos externos. En cierto modo, la de Xi Jinping, es una actitud de autoegitimación.

El segundo motivo es que el imperio chino no tiene grandes ambiciones territoriales como son los casos del imperio ruso y del imperio norteamericano.

China opera en el espacio mundial amarrando económicamente a diversas naciones y mediante endeudamientos busca convertirlas en tributarias de su economía, como ya sucede con el Brasil de Lula. Ese es el sentido que acuerda China a los BRICS y a la idea del Sur  Global cuyos miembros siguen en general los planteamientos que provienen desde Beijing. En ese contexto, China, mediante el mecanismo de la deuda internacional, ya se había prácticamente apoderado financieramente de Venezuela, país que tiene la más grande deuda con China en toda América Latina. Pero Trump, de un solo manotazo, ha quitado la presa a Xi. Así funcionan las cosas en los tiempos de la barbarie ultramoderna que estamos viviendo.

La posición de China es demasiado hipócrita. Si Xi está por la autonomía de las naciones debe estarlo por todas. Pero jamás se ha leído una sola declaración china alegando en contra de la violación al derecho internacional cometida por Putin en Ucrania. Peor todavía: China apoya a Corea del Norte cuando envía tropas a morir en Ucrania.

Si Xi hubiera criticado con la misma fuerza y decisión la intromisión de Rusia, Ucrania sería hoy día una nación libre y soberana

El tercer motivo es muy chino. La nomenclatura comunista defiende la legislación internacional, pero sabe muy bien que, desde la invasión de Putin a Ucrania y de los intentos de Trump por hacer América grande en Groenlandia y en el Canal de Panamá, e incluso en Canadá, la legislación internacional que nunca fue defendida antes por China (era de inspiración occidental, afirman sus personeros) ya está dejando de existir.

Vivimos, y esa es la terrible realidad, en un mundo a-legal, en uno dominado por imperios que rompen con todos los derechos humanos (China entre ellos) y en donde la legalidad es solo una ficción. En consecuencias: La intervención en Venezuela no puede ser ilegal porque la legalidad internacional no existe desde que fuera pulverizada por Putin primero (con el consentimiento de China), y por Trump después, al declararse propietario de todo el Hemisferio Occidental. Esa es parte de la doctrina Trump, pero también es parte de la doctrina Putin. Trump no ha hecho más que adaptarse a las condiciones impuestas por Putin, secundado por China, en el espacio mundial.

5. Este es el punto. El nuevo orden mundial es un nuevo orden imperial

En el Nuevo orden mundial, de acuerdo a la doctrina Trump, la que intenta ser presentada por Trump como corolario a la Doctrina Monroe, América Latina está ubicada dentro de la órbita hegemónica de los Estados Unidos. De esta manera – y esta sería la única equivalencia con la Doctrina Monroe- cualquiera intervención extrahemisférica deberá ser rechazada por los EE UU como un peligro para sus intereses nacionales. Vista desde esa perspectiva, la intromisión en Venezuela atiende en primera línea no solo a intereses económicos, sino también a intereses geo-estratégicos. Que esos intereses suelen coincidir, no altera esa premisa.

Trump, a su manera, ha entendido el curso de los nuevos tiempos. Si quiere reconstituir el imperio americano se encuentra obligado a saltar sobre la barrera impuesta por la legislación internacional. 

Trump lo ha dicho sin rodeos. En entrevista con el New York Times (9.01.2026) declaró sin ambajes  que su poder como comandante en jefe está limitado únicamente por su propia moral y por su propia mente, El derecho internacional -agregó – es un freno real para los EE UU. Adujo que no lo necesita y que, por lo mismo, él decidirá si lo aplica o no. La fuerza, y no las leyes, tratados o convenciones, debe ser el factor decisivo entre las potencias. Luego Trump  calificó las normas  que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, como un lastre para una superpotencia como los Estados Unios.  

Todas esas palabras, y otras más, han hecho estallar los avisperos internacionales. Pero si las leemos con cuidado, notaremos que lo que dice Trump -quien casi siempre miente- es una descripción de la realidad histórica de nuestros días. El problema es que el presidente la expresa sin adornos diplomáticos, con una franqueza que aterra, como si Nietzsche se hubiera apoderado de su cuerpo. 

Nunca en verdad, un imperio se ha formado de un legal. La ley del más fuerte, y no la del más sabio, es la que se ha impuesto siempre en las relaciones internacionales, sobre todo en tiempos como los actuales en los cuales tres imperios compiten por la dominación mundial.

6. Hay que sacarse definitivamente de la cabeza la mentira propagada por Trump de que la extracción de Maduro fue realizada como parte de la guerra declarada por EE UU al narcotráfico. Todo el mundo sabe, incluso Trump, que en materia narcotraficante, Venezuela es un poder de tercer orden, incluso por debajo de varios países latinoamericanos. La guerra en contra del narcotráfico es tan verdadera como lo fue la guerra de Bush Jr. en contra de las armas de destrucción masiva que nunca había poseído Sadam Hussein.

El mismo gobierno norteamericano, a sabiendas que la mentira de la guerra al narcotráfico no era potable, está llegando a la conclusión de que el venezolano Maduro no puede ser comparado con el general panameño Noriega quien sí, en temas narcotraficantes, era un peso pesado. Las mismas agencias norteamericanas comienzan a darse cuenta de que el llamado “cartel de los soles” fue una invención de la CIA, una en la que la propia organización terminó creyendo. De este modo, cuando sea juzgado Maduro en los EE UU, la principal acusación no podrá ser muy bien sostenida por el gobierno Trump.

7. También hay que dejar a un lado la tesis de que Trump mandó realizar la extracción de Maduro para defender a la democracia en Venezuela.

Puede que la líder venezolana María Corina Machado siga transmitiendo esa falacia. Pero es insostenible. Todo el mundo sabe que Trump no es precisamente un amante de la democracia y, por eso mismo, cultiva excelentes relaciones con mandatarios autocráticos y dictatoriales, como son el príncipe Mohamed bin Salmán de Arabia Saudita, Kim Jong Un de Corea del Norte y, por supuesto, Putin, además de coincidir plenamente con gobiernos autoritarios como son los de Erdogan en Turquía, de Orban en Hungría, de Netanyahu en Israel. Todo eso, claro está, es perfectamente legítimo en las relaciones políticas internacionales pero, por eso mismo, imposible de ser usado como causa de la extracción de Maduro.

8. Al fin, el único argumento que queda a Trump -y es el que más le conviene, entre otras cosas porque es el verdadero- es que la presencia de Maduro en el poder significaba un peligro potencial para la seguridad de los Estados Unidos. De tal manera, Rodríguez deberá tomar muy en serio la exigencia que le hiciera Marco Rubio, a saber, expulsar del país a los asesores rusos, cubanos e iraníes. Gente de esas naciones no tiene nada que hacer en los gobiernos del hemisferio occidental, debe pensar Trump. Y es cierto.

Venezuela no puede convertirse en una punta de lanza estratégica de imperios que se sitúan en contra de los EE UU. Y eso, geo-estrategicamente visto, es muy comprensible. Basta recordar que, en vísperas de su invasión a Ucrania, Putin se atrevió a desafiar a los EE UU afirmando que, en caso de que fueran enviadas armas a Ucrania, él mandaría armas a Cuba y Venezuela (enero del 2022). Es decir, como hasta hace poco en Siria, el dictador ruso consideraba a las dictaduras de ambos países como partes de su “esfera de influencia”. Pues bien, eso ha terminado; y probablemente, para siempre.

La contrapartida es que Putin considere a Ucrania como parte de su dominación “natural”. Pero, para Trump, Ucrania es un problema europeo y no norteamericano. Si Europa, o lo que quedará de la Europa democrática, tiene problemas con Rusia, que se las arregle sola y no con los Estados Unidos, parece ser su máxima. 

Trump no quiere, debemos suponer, entregar Europa al imperio ruso y hará lo posible para que eso no suceda. Pero sí quiere que Europa aprenda a defenderse a sí misma sin acudir a los EE UU en cada uno de sus conflictos, algo que ha sido aceptado, aunque muy tardíamente, por algunos gobernantes europeos. Distinto es el caso de América Latina: allí Trump no cederá ni un centímetro; ni a Rusia (Putin ya lo ha entendido) ni mucho menos a China.

9. La resurrección de la Doctrina Monroe no pasa de ser un lema publicitario de Trump.

Cabe agregar que todo lo expuesto no tiene nada que ver con la Doctrina Monroe de 1823, como intenta convencernos Trump. La Doctrina Monroe surgió en contra de Europa no atendiendo a la formación de ningún orden mundial. La doctrina Trump, en cambio, surge en contra de los imperios ruso y chino en el marco de una repartición tripartita del mundo, o nuevo orden mundial, con el consentimiento de diversos gobiernos latinoamericanos. La extracción de Maduro en Venezuela debe ser entendida entonces como una maniobra para anunciar, de modo simbólico y real, la constitución de un nuevo orden en tierra venezolana y latinoamericana. Es, si se quiere, un anuncio de Trump a Beijin y Moscú.

En esta parte del planeta, podría haber dicho Trump (si es que ya no lo ha dicho), mando yo.

10. ¿Por qué no comenzó Trump con Cuba?

¿Por qué Venezuela y no Cuba? se preguntarán algunos observadores. Cuba, desde un punto de vista cronológico es, desde hace muchos años, un bastión de Rusia, sea de la Rusia soviética, sea de la putinista. Cabe además agregar que, desde un punto de vista estratégico, ha provisto a la dictadura venezolana de una ideología (antimperialismo), de una épica (la revolución) y, no por último, de instrucción militar, aparatos de inteligencia, métodos de tortura, y mecanismos de represión policial.

El chavismo, tanto el de Chávez como el de Maduro, han sido devotos de Cuba y del castrismo. La caída de la dictadura de Cuba habría sido un acontecimiento simbólico – los símbolos en política son muy importantes – y, por lo tanto, un arreglo de cuentas, no solo con el presente sino también con el pasado histórico de los EE UU. Lo que no fue capaz de hacer Kennedy lo he hecho yo, habría podido ufanarse Trump frente a sus millones de seguidores. La toma de Cuba, además, habría obligado a Maduro, tarde o temprano, a capitular.

Frente a esta interrogante, Trump ha dado una plausible respuesta. Con el extremo pragmatismo que lo caracteriza dijo que tal vez no necesitará invadir Cuba porque sin petróleo venezolano la isla se hundirá por sí sola. Puede ser cierto. La economía cubana siempre ha sido dependiente, antes de EE UU, después de la URSS, luego de Venezuela, y por cierto, de la Rusia de Putin. Con el cierre de las llaves internacionales a Cuba y, en gran medida, a Rusia y China, la isla no tendrá de donde depender. Puede ser que en el entretanto los habitantes de Cuba se mueran de hambre; pero esos “detalles” no interesan mucho a Trump.

11.¿Por qué comenzó Trump con Venezuela?

La respuesta parece obvia: Venezuela cuenta con las mayores reservas naturales de petróleo en el mundo. Pero con Maduro también Trump habría podido hacerse del petróleo como ahora lo está haciendo con Rodríguez. Con tal de conservar el poder, dictadores como Maduro son capaces de cualquier cosa. El problema parece ser otro: de todos los presidentes del mundo, el más despreciado por la opinión pública mundial, incluyendo a la de Venezuela, era Maduro, quien ocupaba el lugar que ayer correspondió a bellacos como Idi Amin, Pinochet o Gadafi.

De esta manera, extrayendo a Maduro del poder, Trump aparecería ante el espejo de la historia no solo como un negociante petrolero sino, además, como lo que nunca ha sido: un defensor de las democracias del mundo. Trump, de quien dicen es muy vanidoso, no iba a despreciar esa oportunidad.

Maduro, digamos con pocas palabras, es un criminal. Pero no solo lo era por mandar a disparar sobre manifestantes desarmados, o por apresar sin previo juicio a manifestantes y políticos con el objetivo de canjearlos a buen precio, o por burlarse con arrogancia y obscenidad de las víctimas que producía. Maduro es, sobre todo, despreciado por haber cometido el fraude electoral más grotesco que conoce la historia moderna.

Cierto es que Lukashenko en Bielorrusia o Putin en Rusia son maestros consumados en fraudes electorales, pero ninguno de ellos ha dejado huellas. No así Maduro. El fraude fue descubierto por grupos organizados de la candidatura de Edmundo González, quienes obtuvieron las planillas que dejan constancia de los verdaderos resultados de las elecciones del 28 de julio.

El fraude de Maduro fue tan abierto que, incluso gobiernos de izquierda latinoamericanos, algunos como los de Lula y Petro, no lo pudieron negar. El presidente Boric de Chile no vaciló en denunciar a Maduro como lo que era: una violador sin precedentes a la soberanía política interna de un país. Maduro nunca pudo probar lo contrario.

Cierto es que esta tierra está poblada por gobiernos ilegítimos, pero ninguno ha logrado probar su ilegitimidad con tanta transparencia como lo hizo Maduro. Fue esa la razón por la cual, el día 03-01 2026, cuando lo vimos aparecer esposado, no solo sus enemigos, la mayoría de los ciudadanos demócratas sintieron (sentimos) una inevitable alegría. Incluso, gobernantes que han condenado la intervención de Trump en Venezuela, no defienden a Maduro. Macron, por ejemplo, después de pronunciarse en contra de la intervención de Trump, agregó: “Por Maduro nadie puede derramar una sola lágrima”.

12. Trump ha logrado hacer aparecer a Maduro como representante de todas las calamidades por las cuales ha pasado el pueblo de Venezuela. Sin embargo, él solo es la cabeza visible de un régimen de dominación dictatorial; un gobierno, como decía Maduro, “cívico, militar y policial”. Sin embargo, no es excepción que, después de la caída de las dictaduras, la transición hacia la democracia sea llevada a cabo por personeros del mismo régimen dictatorial.

En las transiciones políticas hay que saber tragar sapos y culebras. Efectivamente, así es. En Sudáfrica le Klerk había apoyado la existencia del Apartheid. En Polonia, el general Yaruzelski había seguido las ordenes de la URSS. En Alemania, el desmantelamiento de la DDR fue dirigido por el comunista Modrow. En Rusia, Gorbachov había sido stalinista. En la República Dominicana, el íntimo de Trujillo, Balaguer, administró la transición hacia la democracia. Ese gran demócrata que fue Adolfo Suárez en España había sido un declarado franquista y no dejó de serlo durante la transición. En la misma Venezuela hay algunos ejemplos: Eleazar López Contreras y Medina Angarita fueron “gomecistas” y desmantelaron la dictadura de Gómez. Si Delcy Rodríguez sigue las tareas que le ha asignado Trump, puede que cumpla un similar papel al de los mencionados próceres de la transición. Si no lo hace, ya sabe lo que le puede pasar.

13. Naturalmente, los que esperaban que Trump iba a designar como presidente a Edmundo González en representación de María Corina Machado, se sintieron desilusionados. Efectivamente, si Trump lo hubiera hecho, habría llevado al país a un abismo sin fondo.

La tarea que se planteó Trump, después de la extracción, era otra: la de estabilizar al país, y eso solo podía hacerlo alguien que tuviese detrás de sí a la mayoría de las fuerzas armadas. Esa persona no podía ser sino un chavista. De tal manera que, cuando mencionaron a María Coria Machado, Trump debe haber pensado lo mismo que Stalin cuando Churchill propuso integrar al Papa a la gran alianza antihitleriana: ¿Cuántas divisiones tiene el Papa?, preguntó en esa ocasión Stalin. ¿Cuántas divisiones tiene María Corina Machado?, no lo dijo Trump, pero debió haberlo pensado.

Por lo demás, a diferencia de Churchill, Trump no es un demócrata. Tampoco es un antidemócrata. Simplemente la democracia no le interesa. Lo que sí le interesa es que las naciones, para alcanzar su estabilidad, sean gobernadas por hombres fuertes, y si no, por mujeres fuertes. Puede que políticamente Machado sea una mujer políticamente fuerte, pero militarmente no lo es.

Pero aún, si Trump hubiera sido un demócrata liberal, se habría encontrado frente al mismo dilema: ¿qué hacer frente al enorme vacío político venezolano?

14. Trump no tenía a quién traspasar el poder político en Venezuela. En Venezuela ya no hay partidos políticos, aparte del PSUV, a los cuales sea posible delegar tareas de gobernabilidad. Todos están destruidos. En esa destrucción una gran parte corresponde a la militarización de la política impulsada por Maduro; pero también una parte no muy pequeña se debe a la altenativa ultraradical representada por María Corina Machado.

Si uno observa la ya no corta trayectoria vida política de Machado, su política ha sido casi siempre antielectoral y radicalmente confrontacional. Machado, en efecto, es una insurrecta de derechas, e ideológicamente pertenece a la misma familia trumpista de Milei, de Kast, de Noboa, de Bukele, de Bolsonaro. Sin embargo, no hay nada peor que ser un insurrecto en momentos donde una insurrección no está a la orden del día.

Machado, en efecto, aceptaba la lucha electoral, pero no como un fin, sino como un medio para derribar a la dictadura. Esa fue la razón por la cual el madurismo vetó su postulación presidencial. Edmundo González fue a las elecciones en representación de Machado, a su lado, y levantándole la mano.

Maduro y los suyos, a la vez que imaginan en sus alucinadas mentes ser representantes de una revolución socialista, vieron en Machado a una contrarrevolucionaria, una enemiga mortal frente a quien se juramentaron para impedir con todos los medios, legales e ilegales, que alguna vez alcanzara el gobierno. Por eso mismo, cuando fue revelado el gigantesco fraude electoral, Maduro quedó tendido sobre las cuerdas.

En ese momento Machado se encontró frente a una encrucijada. O creaba un movimiento civil para seguir golpeando democráticamente a Maduro en cada encuentro electoral, o llamaba a la insurrección inmediata en contra de Maduro. Todos sabemos que eligió el segundo camino, precisamente el que más convenía al militarizado Nicolás Maduro. En consecuencia, ante las próximas elecciones regionales y comunales que se avecinaban, Machado llamó a la abstención, dilapidando el enorme capital electoral alcanzado el 28 de julio de 2025. Pero a la vez, sabiendo que dentro del país no tenía cómo ni con qué impulsar una insurrección, decidió, al igual que el anterior líder de masas, Juan Guaidó, invertir el inmenso poder políticamente acumulado, en la opción de una intervención externa.

Más aún: en su proyecto insurreccional Machado llegó a catalogar como “traidores” a todos los que no acataran su conducción antielectoral, llegando al punto – para no molestar a Trump – de negar su solidaridad a los compatriotas venezolanos enviados a las cárceles de El Salvador, a callar sobre los crímenes que cometía Trump contra barcazas venezolanas en el Caribe, a no inmiscuirse en los problemas nacionales, como la inflación, la salud, los salarios, en breve: a no hacer política, aún desde la clandestinidad.

El hecho objetivo es que desde que asumió Machado la dirección informal de la oposición, los partidos políticos venezolanos han comenzado a desaparecer.

Así se explica que, cuando Trump decidió actuar directamente en Venezuela, por motivos muy diferentes a los que clamaba Machado, lo que más interesó a Trump fue refundar a la nación sobre fundamentos más estables que el que le ofrecía la mesiánica mujer. Pues bien, para eso, lo menos que servía a Trump era una política radical y polarizadora como la que representa Machado. Trump debe saber que lo más parecido a una secta es el chavismo y que lo más parecido a una iglesia es el machadismo. Bajo esas condiciones se decidió por la secta solo por una razón: estaba en el poder y tenía poder.

En vez de a Machado, Trump instaló en el puesto supremo a una madurista, la inteligente Delcy Rodríguez, encargada de resituar al país en el ámbito hemisférico que, según Trump, corresponde a Venezuela. Una tarea que puede durar años, ha dicho recientemente Trump, ante la consternación de los seguidores de Machado quienes esperaban cualquiera salida menos la que decidió el desconcertante presidente: la continuidad del poder chavista, pero bajo otras condiciones y bajo nuevas formas.

Ahora, si miramos la decisión desde una óptica no ideológica, Trump hizo bien. Lo que menos podía convenir a Venezuela en ese momento era una confrontación entre maduristas y machadistas, una que habría llevado a Trump a actuar de un modo extremadamente sangriento en el país.

15. La jugada de Trump, desde un punto de vista moral y jurídico, escondenable. Pero desde el punto de vista de la técnica política-militar, fue simplemente magistral, amén de haber ahorrado un enfrentamiento sangriento entre sus tropas y las de Maduro.

La gran ironía de la reciente historia política venezolana es que, precisamente, quién más llamara a los EE UU a intervenir en Venezuela, María Corina Machado, ha quedado fuera del juego. Puede regalar su Premio Nobel a Trump si es que quiere. Pero lo que ha dado lugar su estrategia insurreccional sin participación venezolana, fue lo que menos ella esperaba: lo más parecido a una alianza táctica entre el chavismo y el trumpismo. Esa es la realidad. “Por ahora”, acostumbraba a decir Chávez.

16. Con la extracción de Maduro se abre un nuevo ciclo histórico en Venezuela y tal vez, en toda América Latina.

La liberación de una gran parte de los presos políticos muestra que, a pesar de todo, una luz se ve en el fondo de un largo túnel. No importa si esa fue una orden de Trump, o fue una mediación con Rodríguez Zapatero y Lula como cuenta el diario El País, o una buena movida de los Rodríguez para impedir que la liberación de los presos políticos llegara a convertirse en la consigna de un nueva oposición, o tal vez todo junto a la vez.

¿Qué sucederá después de la extracción? Nadie puede saberlo. Los acontecimientos recientes en Venezuela muestran una vez más que la historia no se deja regir por leyes, sino por circunstancias impensables, más todavía si en la cima del poder hemisférico se encuentra situado un ser tan imprevisible como es el presidente Trump.

17. La desarticulada oposisición democrática venezolana puede encontrar en estos momentos un punto de partida para re-insertarse en la política del país. Esta es solo una hipótesis. Pero de hecho, parecen abrirse algunas condiciones para que eso pueda suceder.

Por cierto, acechan no pocos peligros.

Por el lado del chavismo aparecerán sin duda sectores ultras opuestos a todo atisbo de democratización y de sumisión al imperialismo trumpiano. Los colectivos y los grupos de choque del chavismo no han sido hasta ahora tocados, y una de las máximas exigencias al gobierno de Rodríguez, deberá ser su disolución.

El adoctrinado ejército chavista, si bien bajo determinadas condiciones podría servir de muro de contención, como esperan Trump y Rubio, alberga a no pocos castristas quienes, si las reformas que emprenderá Rodríguez no son de su gusto, pueden desencadenar acciones golpistas en contra del gobierno impuesto por Trump.

Por otro lado, la posición insurreccional de Machado sigue activa y evidentemente no aceptará durante mucho tiempo la marginación a que la ha sometido Trump.

Todo eso indica lo necesario que será para Venezuela que en su interior sea re-activado un centro político democrático que, sin dejar de ser oposición a la nueva presidencia chavista, se encuentre en condiciones de llevar a cabo una interlocución crítica (así podríamos llamarla), sea con el nuevo gobierno, sea con los emisarios del gobierno norteamericano.

En otras palabras, lo que Venezuela necesita es el regreso de esa oposición democrática que logró asestar muchas derrotas al chavismo, partiendo por la defensa que hizo de la Constitución vigente contra una Constitución chavista, en un plebiscito constitucional que Chávez perdió (2007). 

En las circunstancias por las que atraviesa el país, lo que se requiere, en consecuencia, es un centro político que haga de la defensa de los derechos humanos su programa de acción política, en contra de todos quienes quieran violarlos, vengan de un imperio omnipotente, vengan de una neo dictadura, vengan de una oposición extremista. 

Parodiando a Fidel Castro podríamos decir que un lema de la oposición democrática venezolana podría llegar a ser: ”Con los derechos humanos, todo. Sin los derechos humanos, nada”

(c) Polis: Política y Cultura (11.01.2026)

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