Nuevos ataques entre EE.UU. e Irán en las últimas horas agravan la frágil tregua y alejan aún más la paz. Israel intensifica su ofensiva en Líbano mientras crece la tensión en Ormuz
Ana Garralda*
Tres meses después del estallido de la guerra entre Estados Unidos e Irán, el conflicto ha entrado en una fase más compleja, más costosa y también más difícil de cerrar. La promesa – o, mejor dicho, el anhelo – del presidente norteamericano, Donald Trump, de una campaña corta, quirúrgica y decisiva en Irán ha derivado en una especie de guerra permanente de ataques calibrados, frágiles alto el fuego y una creciente regionalización de la violencia. Ni Washington, ni Teherán han logrado una victoria estratégica concluyente, pero ambos han conseguido aumentar el coste del enfrentamiento para sus adversarios y, de paso, para una economía global que ha demostrado, una vez más, ser enormemente vulnerable a cualquier crisis energética.
La madrugada de este jueves ha vuelto a demostrarlo. Estados Unidos confirmó un nuevo ataque sobre objetivos militares iraníes en el entorno de Bandar Abbas, el segundo de la semana, mientras Teherán aseguró haber respondido golpeando una base aérea estadounidense, advirtiendo de represalias “más contundentes” en un retórica más contenida de lo habitual. El motivo: el deseo de un levantamiento de las sanciones internacionales impuestas sobre la depauperada economía de Irán, y que bien podría terminar ordenando la administración Trump.
En paralelo, Israel ha intensificado su campaña contra Hizbulá – aliada del régimen iraní – en el sur del Líbano, abriendo aún más un frente regional al que Irán no quiere renunciar, pero que ya amenaza con estrechar cualquier margen de desescalada, y que tampoco parece estar entre los intereses del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, quien recrudece la ofensiva contra su vecino del norte cada vez que se desarrollan negociaciones entre su aliado y su archienemigo regional.
Pero la guerra ya no se libra únicamente en el terreno militar. Se juega también en el estrecho de Ormuz – arteria crítica del comercio energético mundial -, en la capacidad de resistir el desgaste económico y en una batalla paralela por la legitimidad internacional. Tres meses después, el conflicto parece haber abandonado la lógica de la guerra relámpago ansiada por la Casa Blanca para instalarse en una dinámica de presión sobre Irán, un enemigo mucho más difícil de calibrar de lo que esperaba Donald Trump, que vio en Irán la siguiente Venezuela. No pudo equivocarse más.

Lección de EE.UU: la superioridad tecnológica no es suficiente
La primera conclusión que deja esta guerra tres meses después es incómoda para Washington: la superioridad tecnológica de EE.UU. no ha garantizado su victoria política. Durante las primeras semanas de campaña, Washington presentó la ofensiva como una demostración aplastante de capacidad militar. Mandos estadounidenses aseguraron haber alcanzado unos 13.000 objetivos, degradado cerca del 80 % de las defensas aéreas iraníes, golpeado 450 instalaciones de almacenamiento de misiles balísticos, 800 infraestructuras de drones de ataque y destruido más de 2.000 nodos de mando y control. El secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, llegó a describir la operación como una «victoria histórica y aplastante en el campo de batalla».
Sin embargo, el balance político resulta mucho menos claro. Primero, no ha habido cambio de régimen en Irán. El programa nuclear tampoco ha desaparecido. Teherán mantiene capacidad de represalia y ha logrado convertir el estrecho de Ormuz en una palanca de presión global. El régimen, aunque debilitado, tampoco ha colapsado, sino todo lo contrario. Por contra, la economía iraní sí continúa profundamente deteriorada, el malestar interno persiste y la represión sigue siendo intensa, pero la guerra no ha provocado la implosión política que algunos sectores estadounidenses – guiados por la información proporcionada por Benjamín Netanyahu durante su visita del pasado mes de febrero – parecían anticipar.
La paradoja es evidente. En su intento por evitar otro Irak o Afganistán, Trump ha terminado atrapado en un callejón estratégico: dispone de capacidad para castigar militarmente a Irán, pero carece de instrumentos suficientes para imponer el rápido desenlace político que él hubiera deseado. Y, precisamente, porque Estados Unidos no quiere otro atolladero terrestre, limita deliberadamente el uso de tropas sobre el terreno. En consecuencia, si bien su fuerza aérea puede degradar las capacidades de Irán, destruir su infraestructura o aumentar los costes para su economía, se ve incapaz de imponer resultados políticos sostenibles sin ejercer un control territorial.
Así, la guerra empieza a cuestionar una vieja convicción estratégica estadounidense: que velocidad, precisión tecnológica e inteligencia artificial bastan para producir una rendición política rápida. El conflicto iraní parece demostrar lo contrario. Washington probablemente subestimó dos factores: la disposición iraní a absorber daños significativos y su capacidad para convertir Ormuz – un punto geográfico relativamente estrecho – en un multiplicador global de costes económicos y políticos.
La ausencia de un desenlace rápido ayuda a explicar por qué, tres meses después, el conflicto sigue reproduciendo una lógica de ataques limitados y represalias calculadas.

Una tregua cada vez más frágil
Tres meses después del inicio de la guerra, Washington y Teherán parecen haber encontrado una lógica de confrontación tan peligrosa como contenida: ataques visibles para sostener la disuasión, pero aún limitados para evitar la guerra abierta.
Un ejemplo es lo sucedido en la noche del miércoles. Fuerzas Armadas estadounidenses atacaron entonces instalaciones militares en el entorno de Bandar Abbas, enclave estratégico iraní junto al estrecho de Ormuz. Funcionarios citados por medios estadounidenses sostienen que el objetivo era una instalación vinculada al lanzamiento de drones contra embarcaciones norteamericanas. Washington aseguró además haber derribado cuatro drones dirigidos contra su flota y justificó la operación como un acto de “defensa propia” frente a amenazas inmediatas sobre el tráfico marítimo.
Por su parte, medios estatales iraníes reportaron tres explosiones al este de Bandar Abbas durante la madrugada. Horas después, la Guardia Revolucionaria, cuyos portavoces aseguraron que «la agresión no quedaría impune”, señalaron haber respondido atacando una base aérea estadounidense, aunque sin precisar localización ni daños. La ambigüedad parece deliberada: suficiente para proyectar capacidad de represalia, pero sin forzar todavía una escalada de mayor alcance que pueda llevar al traste con el principal objetivo del régimen de Teherán: la recuperación de sus activos, congelados en forma de sanciones por la administración Trump y parte de la comunidad internacional, que garanticen su supervivencia económica y política a escala doméstica.
Así, tres meses después, la tregua parece funcionar menos como freno real del conflicto que como un marco cada vez más flexible desde el que ambas partes puedan seguir golpeándose sin asumir el coste político de una guerra total.

Ormuz: la guerra económica ya está en marcha
Pero la gran victoria táctica de Irán no ha sido militar, sino geográfica: Ormuz. Por el estrecho transita una parte crítica del petróleo mundial y cualquier alteración sostenida del tráfico tiene un impacto inmediato sobre los precios energéticos y la inflación. La disputa ya no gira únicamente en torno a instalaciones militares o programas nucleares: se juega también sobre quién fija las reglas de paso por uno de los corredores marítimos más sensibles del planeta.
Teherán aseguró este jueves haber obligado a retroceder a cuatro embarcaciones estadounidenses que intentaban cruzar el estrecho “sin autorización”, tras disparos de advertencia. Aunque el incidente no ha podido verificarse de forma independiente, el episodio ilustra una pretensión cada vez más explícita: ejercer un control práctico y político sobre el paso marítimo del que dependen buena parte de las economías emergentes – y no tan emergentes – del planeta.
Estados Unidos rechaza frontalmente esa lógica y se presenta como garante de la libre navegación internacional. En esa línea se inscribe la decisión del Departamento del Tesoro estadounidense de sancionar esta semana a la Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico (PGSA), incorporándola a la Lista de Nacionales Especialmente Designados y Personas Bloqueadas (SDN). Washington acusa al organismo de colaborar con la Guardia Revolucionaria e intentar monetizar el tránsito por Ormuz.
El portavoz iraní de Exteriores, Esmaeil Baghaei, calificó la actuación estadounidense de “violación flagrante del derecho internacional” y defendió el derecho de Irán a responder conforme al artículo 51 de la Carta de la ONU sobre legítima defensa. Baghaei expresó además solidaridad con Omán ante supuestas presiones estadounidenses relacionadas con el control del estrecho, en un movimiento interpretado como un intento de Teherán de reforzar apoyos regionales.
Mientras tanto, Washington definió como “pura invención” las informaciones iraníes sobre un supuesto acuerdo ya cerrado para reabrir plenamente Ormuz, pese a que Donald Trump había asegurado días antes que un entendimiento estaba “prácticamente cerrado”.
Por su parte, los mercados ya descuentan parte del riesgo. Las bolsas asiáticas registraron este jueves caídas generalizadas mientras el Brent subía un 3,74 %, rozando los 98 dólares por barril. Navieras y aseguradoras recalculan rutas y primas ante el temor de un nuevo shock energético.
Tres meses después, el equilibrio del conflicto empieza a medirse menos por los avances militares que por la capacidad de cada actor para soportar costes económicos crecientes.

Líbano: el frente que multiplica el riesgo
Pero, mientras Washington y Teherán mantienen un pulso militar cuidadosamente dosificado, Israel amplía el perímetro regional del conflicto.
Su Ejército lanzó en la madrugada de este jueves nuevos bombardeos contra posiciones de Hizbulá en Tiro, en el sur del Líbano, pese a la existencia formal de un alto el fuego. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, había anticipado ya una intensificación de las operaciones y la toma de nuevas “zonas estratégicas”, mientras las Fuerzas de Defensa de Israel aseguran haber atacado cerca de 550 objetivos vinculados al grupo chií durante la última semana.
La muerte de la soldado israelí Rotem Yanai, de 20 años, endureció aún más el tono político israelí. El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, figura central del ala más dura del Gobierno israelí, reclamó destruir inicialmente diez edificios en Beirut por cada dron de Hizbulá y elevó después la propuesta a “cien edificios” por cada ataque que cause bajas israelíes.
Las declaraciones no son un detalle retórico menor. Reflejan una creciente radicalización del lenguaje político israelí y llegan mientras el Ejército ha emitido nuevas órdenes de desplazamiento forzoso para amplias zonas del sur del Líbano y la ciudad de Tiro, enclave patrimonio de la Unesco donde antes de la guerra residían más de 200.000 personas.
El frente libanés opera así como un acelerador regional del conflicto. Hizbulá constituye uno de los principales aliados estratégicos de Teherán y cualquier intensificación sostenida de la campaña israelí reduce el margen para una desescalada con Irán. La reciente intercepción de drones y misiles por parte de Kuwait sugiere, además, un riesgo regional cada vez más amplio.

Diplomacia abierta pero con ataques recurrentes
La paradoja de esta guerra es que la negociación continúa al mismo tiempo que los ataques se intensifican. Estados Unidos e Irán mantienen conversaciones indirectas con mediación regional – Pakistán en primer plano y Omán como actor potencialmente relevante – para intentar reabrir plenamente el tráfico comercial en Ormuz y reducir tensiones. Este jueves se reúnen en Washington el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, y el canciller pakistaní, Ishaq Dar.
Teherán ha insinuado incluso la existencia de borradores de entendimiento para reducir tensiones y levantar restricciones marítimas, mientras Washington los niega públicamente y mantiene condiciones ligadas al programa nuclear iraní y a un reajuste más amplio del equilibrio regional.
Pero cada nuevo intercambio de golpes reduce el margen político para las concesiones. El riesgo inmediato no parece ser una guerra total, sino algo más difícil de controlar: una acumulación de incidentes menores – un error de cálculo en Ormuz, daños a un buque de un tercer país o un salto táctico en el sur del Líbano – capaz de romper definitivamente la frágil ficción de la tregua.
Tres meses después, la guerra Irán – EE. UU. no parece dirigirse hacia una victoria rápida ni hacia un gran estallido regional definitivo. Más bien avanza hacia algo políticamente más incómodo: un conflicto contenido en la forma, pero cada vez más costoso en sus efectos.
(c) Publicado originalmente en RTVE (28.05.2026)
*Ana Garralda: Comencé mi carrera periodística en National Geographic, donde aprendí de los mejores que «lo que pasa allí, nos afecta aquí». Fue la semilla que germinó en otra gran pasión: el reporterismo internacional. Gracias a él viajé a Latinoamérica, Asia y Oriente Medio, a donde llegué en 2010 como corresponsal de CNN+. Desde Jerusalén escribí, grabé y conté la realidad de Israel y Palestina. También cubrí las revueltas árabes, el inicio de la guerra en Siria, las crisis migratorias resultantes en Turquía, Jordania o Líbano o la Sudáfrica post-Mandela. Hoy, ilusionada en RTVE.



