FORUMABIERTO. Santo Domingo. R.D.— El mercado laboral dominicano atraviesa una etapa de deterioro estructural donde el crecimiento de la ocupación es un espejismo estadístico que oculta la precarización masiva del trabajo.
La alta tasa de informalidad, que absorbe a la inmensa mayoría de las nuevas plazas laborales, refleja un modelo económico estancado que no logra convertir la inversión en eficiencia ni en empleos de calidad.
Esta dinámica obliga a la población a refugiarse en actividades de baja productividad y escasa remuneración, donde la inestabilidad y la ausencia de seguridad social se vuelven la norma, anulando cualquier posibilidad de movilidad social ascendente.
El malestar ciudadano frente a la economía no es una percepción infundada, sino la consecuencia lógica de un sistema que ha fallado en generar oportunidades formales.
La explicación ante la ciudadanía debe centrarse en demostrar cómo el Gobierno ha abandonado las bases fundamentales del desarrollo, como la capacitación técnica, el apoyo a la innovación y el fortalecimiento de la competitividad.
El discurso político tiene que dejar claro que la supervivencia diaria en el comercio informal o el cuentapropismo es el resultado de un modelo que ha privilegiado cifras vacías sobre la creación de un aparato productivo sólido, capaz de ofrecer empleos dignos, estables y protegidos para todos los dominicanos.
La ralentización de la economía dominicana durante el último año no responde a un evento coyuntural aislado, sino a una ruptura del histórico modelo de crecimiento acelerado que caracterizó al país por décadas.
Tras años de expansión sostenida, el país ha experimentado una desaceleración profunda y atípica, situándose significativamente por debajo de su promedio histórico.
Este fenómeno es el resultado de una combinación de factores que incluyen una política monetaria restrictiva, una inversión pública deficiente que no logra ejercer su efecto multiplicador, y un modelo productivo que, aunque mantiene ciertos sectores generadores de divisas, muestra signos de agotamiento al no poder trasladar ese dinamismo a la economía interna ni al bienestar de los hogares.
La desaceleración ha dejado al descubierto las debilidades estructurales que el alto crecimiento anterior solía enmascarar.
El estancamiento en la eficiencia de la inversión —medido a través de la Productividad Total de los Factores, que registra valores negativos desde 2021— demuestra que la economía no está aprendiendo a producir más con los mismos recursos.
En lugar de una expansión basada en la innovación, la capacitación técnica o la tecnología, el sistema ha recurrido al mercado laboral como una válvula de escape: ante la incapacidad de las empresas para expandir su capacidad instalada y crear empleos formales, la población se ha volcado masivamente hacia el autoempleo y las actividades informales de baja productividad.
La crisis de calidad de vida que siente la población no es una simple percepción, sino la consecuencia directa de una gestión económica que ha sacrificado la sostenibilidad a largo plazo.
La ralentización demuestra que no basta con el crecimiento del Producto Interno Bruto si este no se traduce en empleos dignos, protección social y estabilidad para las familias.
La falta de una visión estratégica en infraestructura, educación y apoyo a las mipymes ha dejado a los ciudadanos en una situación de vulnerabilidad extrema, donde el trabajo duro ya no garantiza la movilidad social ni la tranquilidad económica.



