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¿Un “influencer” en Atenas?

REDACCIÓN Por REDACCIÓN
agosto 22, 2026
en Opinión
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¿Un “influencer” en Atenas?

Estatua de Sócrates en la Academia de Atenas, en la avenida Panepistimiou. Shutterstock

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Sócrates se instala como figura pública ineludible, un verdadero creador de corrientes de pensamiento urbano enfocado en la condición humana. Al revés de charlatanes que basan su éxito en el amplio alcance de su palabreo

MIBELIS ACEVEDO DONÍS.

Por las calles de Atenas camina un tal Sócrates. Filósofo ágrafo, túnica desgastada y pies descalzos, hombre poco agraciado, según discípulos y compañeros: ojos saltones, boca grande, una nariz chata que recuerda la de un animal salvaje, todo dispuesto en un rostro que el vanidoso Alcibíades compara con el de un sátiro viejo. Valiente en la guerra, como dado a entrenar una paciencia que le permite salir más o menos entero de la gresca privada, esa que lo encara con una esposa de temple de trueno como Jantipa. A diferencia de otros, no cobra por conversar, y se presenta bajo la bandera de su propia ignorancia. «Solo sé que no sé nada», proclama a bocajarro para aguijonar, incomodar y poner en movimiento, igual que el impertinente tábano, al caballo aletargado y perezoso de la polis. Paradójicamente, esta presunta carencia es su herramienta más eficaz de influencia. Frente a la angurria de visibilidad de otros, del afán por hacerse de cualquier hueco en la atención ajena, la facultad para afectar profundamente la consciencia de otros sin que sea la búsqueda expresa de popularidad lo que la inspire, ha convertido a Sócrates en un referente en el ágora. Sí: la Atenas democrática también hace de su plaza pública un espacio de inacabable confrontación de pareceres, de discusiones sobre el éxito y educación de la juventud, de competencia vigorosa por captar el interés de los ciudadanos.

En este espacio competitivo y polémico en el que la palabra equivale al poder, Sócrates se instala como figura pública ineludible, un verdadero creador de corrientes de pensamiento urbano enfocado en la condición humana. Al revés de charlatanes que basan su éxito en el amplio alcance de su palabreo, en la gratificación instantánea y la monetización del discurso, Sócrates se alza como el modelo del líder de opinión al que no le importa ir a contracorriente. Su influencia no se mide en la acumulación compulsiva de prosélitos, pues; más bien está animada por el cuestionamiento radical, la búsqueda de la virtud que junta a unos cuantos autoelegidos para debatir sobre la verdad y la justicia, mismos que han optado por la medicina del examen intelectual y no los mimos complacientes de los más.

Llamar «influencer» a un maestro como Sócrates podría rayar en inaceptable provocación, por tanto. El sabio que se rehúsa a cobrar por enseñar, que nunca ha escrito ni escribirá una línea para hacerla circular entre el público, que morirá como un ciudadano ejemplar creyendo en la democracia y condenado por los métodos que el mismo sistema dispuso para que fueran administrados por la asamblea popular, está en las antípodas de quien hoy construye su valor social a partir del alcance masivo, el algoritmo, las olas de aprobación de los followers. (Irónicamente, es la opinión mayoritaria, la doxa instituida como dispositivo electoral, la que lo crucifica. Es, en un sentido muy literal, el primer «cancelado» por la lógica de la multitud organizada). Pero es justo ese contrasentido lo que interesa diseccionar. Se trata de una comparación que no pretende equiparar un invaluable ascendiente con aquello que falsifica, valida y reproduce incesantemente la dinámica de las redes, naturalmente, pero que sirve para medir, por contraste, la distancia que separa dos formas de «influir». Por un lado, la seducción retórica presta a la cacería del “me gusta” -aquella en la que los sofistas despuntan como tutores habilidosos-. Y por otro, la conducción, la guía y educación del alma, eso que más tarde Platón bautizará como Psychagōgía, Psicagogia, y que Sócrates pone en práctica con un puñado de interlocutores escogidos. El sabio de Atenas ejerce una influencia real, duradera y civilizatoria, sí, y por vías, procedimientos y fines del todo opuestos a los que hoy evocan al influencer digital.

En el Teeteto, el célebre discurso de Alcibíades en El Banquete, el método para lograr tales alumbramientos cobra cuerpo y nervio mediante la imagen de la partera. Sócrates, hijo de Fenáreta, la comadrona, afirma no engendrar ideas propias sino ayudar a que sus interlocutores “den a luz” aquellas verdades que ya llevan dentro de sí, mediante preguntas que van desmontando certezas mal fundadas (elenchus). Esta estructura, la que remite a la mayéutica, opera precisamente a contravía de la comunicación del influencer, la de una transmisión de contenido de arriba hacia abajo para fines de consumo pasivo. Sócrates no ofrece un mensaje que busca replicarse acríticamente, ad nauseam, para luego ser reemplazado por la siguiente novedad; no. La llave aquí está en activar la propia razón de sus interlocutores, incluso a costa de la incomodidad -esa célebre «perplejidad» producida por la aporía, el sin-camino que nos enfrenta a la contradicción en apariencia irresoluble- que no surge como efecto colateral; que es, en realidad, el objetivo.

Hablamos de un poder de transformación que difícilmente podría surgir de la aceleración, de la tenaz liquidez y la falta de matices propias de la conversación digital. A sabiendas de su inusual mérito, Alcibíades compara a Sócrates con las estatuillas huecas de los silenos, con el sátiro Marsias: por fuera, quizás feo, insolente y desdeñable, pero con una inteligencia, honestidad y firmeza moral que lo dotan de un hechizo que supera al de la flauta del sátiro, uno logrado únicamente con palabras desnudas, sin instrumento y sin cobrar nada a cambio. Es la antítesis del artificio persuasivo del sofista, en fin: ni ornamento retórico, ni actuación pagada, solo el logos y la pregunta dialéctica capaces de remover los valores de quien escucha y provocar la vergüenza (aidós) ante la propia ignorancia. Alcibíades confiesa que ese efecto lo persigue y lo perturba desde hace años; no es la fascinación fugaz de un espectador, de paso, se trata de una herida que nunca sana.

Esa impronta calmosa, tan ajena a lo espectacular y la representación mediada, a los incentivos de una economía de la atención avant la lettre, es la misma que ha dejado su huella en Platón. En la Carta VII, este describe su desilusión ante la decadencia de la política ateniense -agravada por la propia condena y ejecución de Sócrates- y su consiguiente giro hacia la filosofía. Años de diálogo espoleado por el perseverante maestro han reorientado la vocación del joven que emprende un proceso íntimo y dilatado en el tiempo; una dinámica que, en el envés del encuentro viral, homogeneizador y masivo, afecta a un individuo en concreto. La influencia profunda, a diferencia del control o del adoctrinamiento, eso sí, no garantiza nada. Prueba de ello es la traición a Atenas durante la guerra del Peloponeso por parte de un discípulo díscolo como el mismo Alcibíades, o el deplorable protagonismo de Critias en la sangrienta tiranía de los Treinta. Son casos que espesan las acusaciones contra Sócrates por «corrupción de la juventud”. En descargo del sabio habría que decir que su empeño sólo es plantear preguntas, desarrollar los cauces de la duda, no fabricar secuaces ciegos y obedientes a un credo sino ir en pos de interlocutores dispuestos a transformarse a sí mismos mediante el autoconocimiento délfico y la conversación.

De allí su desprecio por quienes califica de sofistas: Gorgias, Hipias, Pródico, Trasímaco: minoristas del conocimiento del alma, los llama, maestros itinerantes que cobran jugosos honorarios por enseñar el arte de persuadir y triunfar en la vida pública, ante la asamblea y los tribunales, dependientes estructuralmente de complacer a quien les paga. Discutida extensamente en el Teeteto, por ejemplo, la doctrina de Protágoras, «el hombre es la medida de todas las cosas», si bien podría resonar con un razonable pragmatismo contemporáneo, niega según Sócrates la existencia de una verdad universal y compartida en favor de lo que a cada quien le parece válido o conveniente (¿acaso no es esa la lógica relativista que justifica el engagement: no importa qué es verdadero o falso, sino qué es lo que genera respuesta, aplauso, adhesión?). En el Gorgias, Sócrates habla de la retórica sofística como una forma de adulación (kolakeía) análoga a la cocina: así como esta complace el paladar sin atender la salud del cuerpo, la palabra complace al auditorio sin atender al bien del alma. En lugar de mejorar a quien escucha, sólo procura su aprobación; optimiza para el aplauso, no para la verdad ni para el beneficio del oyente (¿acaso no es esa la lógica a la que apela un contenido diseñado para maximizar métricas de interacción, antes que para decir algo que valga la pena ser dicho y escuchado?).

Fiel al autorretrato que consigna la Apología, este tábano que algún dios alborotador ha adherido a Atenas entiende que su función no es agradar sino “inquietar”; no es buscar la aprobación del caballo, sino su despertar, aunque eso le cueste el aplastamiento; que, atento a lo que dicta su daimonion, no es para él la clase de oficio que lo obliga a estar sometido al vaivén de la asamblea y la obsesiva consecución de popularidad ante el demos. Tal fricción, tal contrariedad productiva, la incomodidad en la que el interlocutor se descubre dueño de una ignorancia que creía no poseer, es exactamente lo que Sócrates cultiva mediante la ironía y la refutación. En ese influjo intensivo, antes que extensivo; en esa profundidad y relevancia que se multiplica en otras almas y se impone al circunstancial alcance numérico, el verdadero “influencer” de Atenas ha escrito para siempre su nombre en la historia.

@Mibelis. (Publicado en el periódico El Universal)

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