Más fácil imaginar el fin del mundo que proponer racionales cambios
Eduardo Jorge Prats
Theodor W. Adorno, en 1969, meses antes de morir y en medio de las protestas estudiantiles precipitadas en Alemania tras el mayo 1968 francés, cuando un periodista inicia su entrevista afirmando que “hace dos semanas, el mundo todavía parecía estar en orden…”, rápidamente contra replica: “No para mí”.
Adorno dejaba claro así que las cosas andaban mal desde hacía años -no semanas- en los que, bajo una apariencia de falsa normalidad, se escondía la realidad de un capitalismo tardío caracterizado por la mercantilización, la alienación del hombre y las secuelas del totalitarismo.
Adorno no era Emil Cioran, quien, acusado de reaccionario y de estar “en contra de todo lo que ha ocurrido desde 1920”, sarcásticamente soberbio, ripostó: “¡No, desde Adán!”. No. Cioran, en su profundo escepticismo cosmológico, contrario a Adorno, no está enfadado con la modernidad y el capitalismo, sino con el ser humano, causante de todos los males de la civilización y de que la historia sea un desastre continuo desde que él apareció en la Tierra. Por eso, si Cioran aun viviera, celebraría gustoso las espantosas noticias de hoy anunciando que la inteligencia artificial provocaría la extinción de la humanidad antes de que concluya esta década.
El espíritu de nuestro tiempo es el de que vivimos “en el final de los tiempos” (Slavoj Zizek), en la era, según el título del libro del dúo Naomi Klein/ Astra Taylor, del “fascismo del fin de los tiempos”, liderado por una alianza de fundamentalistas religiosos, élites tecnológicas y ultranacionalistas que prevén, celebran y aceleran un colapso provocado por el ser humano, al tiempo que planean refugiarse en búnkeres privados.
¡Pero ojo! Según el filósofo belga Mark Coeckelberg, son los tecnócratas de las propias empresas de IA los que la posicionan “como un fenómeno apocalíptico para legitimarse ante la sociedad y ser los ‘profetas indispensables para solucionar el futuro de la humanidad”, al extremo de que hoy podríamos proclamar, como León Bloy, que “cuando quiero conocer las últimas noticias leo el Apocalipsis”.
Este sentimiento escatológico es históricamente resurgente e intermitente. Rodeado de los escombros dejados por la Primera Guerra Mundial, Paul Valery, premonitoriamente lúcido decía: “Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales”. Y eso que él no había presenciado el dantesco exterminio de millones de personas en el holocausto nazi, las guerras calientes y frías en y tras la Segunda Guerra Mundial, las hambrunas, ejecuciones sumarias y genocidios perpetrados por regímenes totalitarios, y el terror nuclear tras Hiroshima/Nagasaki, apenas suspendido por la perversa doctrina de la “destrucción mutua asegurada”.
Lo penoso de este catastrófico “espíritu de la época” es que es más fácil imaginar el fin del mundo que proponer racionales cambios políticos, sociales y económicos que hagan más habitable nuestro planeta, más digna la vida humana y más justas y prósperas nuestras sociedades.
Esto explica por qué hay quienes proponen escapar del Apocalipsis, trasladar la humanidad a colonias espaciales y convertir a la Tierra en un parque temático para que las elites vacacionen. Otros, ante los reales o supuestos “riesgos existenciales” que enfrentamos, solo atinan a afirmar como Heidegger que “solo un dios puede salvarnos”. Nuestro lema, sin embargo, debería ser, el de la frase atribuida a San Agustín: “¡Haz lo posible que Dios hará lo imposible!”.
(c) Publicado originalmente en el Periódico Hoy



