Fuentes diplomáticas tachan de «suicida» la actitud del presidente del Gobierno
Macarena Gutiérrez*
Dejar que tu enemigo se equivoque sin interrumpirle es un modo de confrontación atribuido a Napoleón Bonaparte y que resume la estrategia elegida por la mayoría de los rivales del presidente de Estados Unidos. Después de que el pasado día 7 de mayo el líder brasileño, Lula da Silva, se reuniera con Donald Trump, esta semana ha sido el presidente chino quien lo ha recibido por todo lo alto. Como si no hubiera un abismo entre ellos, como si Trump no se estuviera equivocando sin parar.
Esta actitud táctica que pone la mirada en los intereses del país en lugar de en la proyección personal de su líder contrasta con la negación sistemática de Pedro Sánchez. Con el Palacio de la Moncloa abonado al mantra de que «el presidente se encuentra en el lado bueno de la historia», España termina por no estar en ningún sitio. La pregunta que surge entonces es si no estamos porque no conviene en cuanto a consumo interno o es que no podríamos estar aunque quisiéramos porque ya no somos un interlocutor al que merece tener en cuenta.
Según una fuente diplomática, la actitud de Sánchez es «suicida». «Baste compararnos con otro de los países con los que preferimos asociarnos, Brasil. También afrontan amenazas de Trump y hace pocos días se reunió Lula con él para encontrar puntos de acuerdo y desactivar las tensiones. Esto es imposible con Pedro porque ni quiere, ni puede. Ha roto todos los puentes y lo prefiere. Pero claro, quien paga es el país. Ni los demás socios y adversarios de Trump llegan a la postura tan radical de España, sino que tienen capacidad y voluntad de llegar a acuerdos. Nosotros no tenemos ninguna de las dos. Solo una gran torpeza».
La diferencia entre un «estadista» como Lula y un «peligro» como Pedro Sánchez, continúa la misma fuente, es que el presidente brasileño conoce su lugar. «Ambos estuvieron juntos días antes de que se reuniera con Trump en la cumbre de demócratas progresistas en Barcelona, lo cual no quiere decir que luego no pudiera verse con el presidente de EE UU para llegar a entendimientos. Está claro cuál de los dos solo piensa en hacer propaganda interna a costa de lo que sea», resume.
Las palabras que le dedicó el presidente Xi a su némesis estadounidense en el banquete posterior a la reunión en el Palacio del Pueblo, calificada de exitosa por las dos partes, van a quedar para los anales de la diplomacia. Pero es que hasta la elección del menú fue una lección de mano izquierda: pato laqueado, plato nacional chino, y costillas de ternera en homenaje al invitado. Trump devolvió el gesto durante el brindis por su oponente llevándose la copa a los labios, una acción que reserva para las grandes ocasiones porque se declara abstemio desde que en 1981 su hermano mayor muriera de un infarto relacionado con el abuso del alcohol.
Mirando al estadounidense a los postres, Xi declaró en voz alta que «Trump está haciendo a América grande de nuevo». ¿Alguien se imagina a Sánchez repitiendo el eslogan electoral del republicano? Esto solo lo puede hacer un político que se siente muy por encima de su rival o que está completamente sometido, y con el chino no hay duda.
El discurso de Xi continuó en tono épico con una sentencia como esta: «En el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos, los más de 300 millones de estadounidenses están revitalizando el espíritu de patriotismo, innovación y emprendimiento, e inaugurando un nuevo capítulo en la historia de la nación».
Y remató con un pensamiento que refleja cómo China mira a EE UU desde arriba por primera vez en la historia contemporánea porque no tiene nada que demostrar. «Los pueblos de China y EE UU son dos grandes pueblos. La gran revitalización de la nación china y hacer a América grande de nuevo pueden ir de la mano. Podemos ayudarnos mutuamente a triunfar y llevar prosperidad a todo el mundo», concluyó Xi.
Según un ex embajador que prefiere conservar el anonimato, «en política exterior, los intereses entre países están por encima de la afinidad con tal o cual gobierno». «Precisamente una política exterior acertada es cuando se tiene interlocución fluida con los gobiernos con los que hay menos sintonía, especialmente cuando representan a países aliados o con los que se comparten intereses considerables».
(c) LA RAZÓN (16.05.2026)
*Macarena Gutiérrez: Corresponsal diplomática y de Casa Real, ha trabajado en las secciones de Internacional (especializada en Oriente Medio), Nacional, Opinión y Reportajes.


