Alrededor de los sesenta, los hijos se van, el trabajo cambia, las parejas se transforman y el cuerpo impone sus propias reglas. Entre lo que termina y lo que todavía no empezó hay un tiempo que solemos vivir como pérdida, pero es, en realidad, la oportunidad para armar el mapa de lo que viene
Gabriela Cerruti */ Infobae
Aprendí a mirar Saturno desde el telescopio en mi terraza. En estos días se lo vio grande, brillante, naranja, porque el 4 de octubre estuvo en oposición, cuando la Tierra pasa entre el planeta y el Sol y lo vemos especialmente bien. Ese camino que va haciendo con sus anillos girando alrededor ejerce una fascinación hipnótica. Es como ver por primera vez El beso de Klimt en su espacio real, en el Belvedere. Tantas veces vimos fotos, armamos rompecabezas, colgamos láminas, que creemos que ya lo conocemos. Y de pronto, no, la realidad es otra cosa. El aura existe
Me pasa lo mismo cuando veo el planeta de verdad aparecer en la lente del telescopio. Pero, tengo que confesar, también me encanta la idea de Saturno en la astrología: el gran maestro, el que obliga a armar estructura. Tiene una lógica irrefutable cuando la explicación de su retorno entre los 28 y los 30 es que llegó el momento de armar los cimientos de los proyectos que vienen, sostenidos en lo que deseábamos hasta entonces. Pero mucho más cuando el segundo retorno, alrededor de los 58, obliga a pensar para qué sirven esas estructuras, qué vamos a sostener y qué vamos a abandonar para poder organizar lo que viene. Y disfrutarlo.
Si pienso en mi vida, esa transición duró un poco más de dos años, aunque como no sé de astrología tal vez también lo expliquen con eso de los retrógrados y sus vueltas. Y así como el cuerpo de la mujer atraviesa una verdadera revolución con la menopausia, en ese período que empieza unos años antes de los 60 y termina unos años después se desata una transición para la que todavía no hay manual.

Nadie vive en un pasillo
Lo que empieza a pasar en esos años, rara vez llega junto y casi nunca avisa. Los hijos se van y la casa se agranda hasta quedar enorme. Pasamos de los perros a los gatos porque son más fáciles de cuidar. Una pareja se termina, o cambia tanto que es otra, o ya decidimos que no vamos a reincidir. Los padres empiezan a necesitar cuidados. El cuerpo es claramente otro, aunque sigamos haciendo lo de siempre y nos mantengamos activas y optimistas. Cualquiera de estas cosas, por separado, alcanza para mover el piso. Muchas veces llegan de a dos o de a tres.
Para las mujeres de mi generación, además, suenan varios relojes a la vez. El del cuerpo, que con la menopausia cambia las reglas sin pedir permiso. El de la casa, que se vacía. El de los padres, que empiezan a depender de alguien y ese alguien, casi siempre, es una hija. Muchas pasamos media vida tratando de que el cuidado no nos definiera, y llegamos a este umbral con el cuidado esperándonos en la puerta, ahora del otro lado: ya no hijos que crecen, sino padres que se achican.
Para entrar a la vida adulta hubo ritos: el egreso, el primer sueldo, la primera llave propia. Para esta otra entrada, casi nada. La despedida en la oficina, cuando existe, celebra lo que termina, no lo que empieza.
Solemos imaginar las transiciones como pasillos: algo que se cruza rápido para llegar a la habitación de verdad. Hace más de cuarenta años, el escritor estadounidense William Bridges propuso pensarlas de otra manera. Toda transición, escribió, empieza con un final. Y entre ese final y el comienzo siguiente hay una “zona neutral”: un tiempo que parece improductivo, en el que ya no somos lo que éramos y todavía no somos otra cosa, y que en realidad sirve para reorientarse. A veces son dos años, cinco, o más. Nadie vive tanto tiempo en un pasillo.
Desde Arnold van Gennep hasta Victor Turner, la antropología describió que todo rito de paso tiene tres momentos: la separación de lo que se era, un tiempo intermedio y la llegada a un lugar nuevo. Al del medio lo llamaron umbral, por la cantidad de puertas y entradas que aparecían en esas ceremonias. Lo interesante no es la palabra sino lo que pasaba adentro. Quienes cruzaban no lo hacían solos: había un grupo atravesando lo mismo al mismo tiempo, y un compañerismo particular que nacía de no ser todavía nada del todo. El umbral era incierto, a veces peligroso, pero era colectivo.
Nuestro tiempo del medio tiene el umbral y le falta lo otro. Lo atravesamos de a una, cada cual con su menopausia, su casa vacía, su madre que ya no puede sola, como si fueran asuntos privados y no una etapa que en este mismo momento comparten millones de personas. Tal vez por eso se vive como pérdida: no tanto por lo que se termina, sino por la soledad con que se cruza. Lo que falta no es el umbral. Es la compañía en el umbral.
Quizás haya algo para recuperar de aquellos ritos: no una ceremonia que nos diga quiénes tenemos que ser, sino la posibilidad de reconocer a otras personas en la misma incertidumbre. No todas llegamos a este umbral con los mismos recursos ni con las mismas libertades para atravesarlo.

La crisis de los cincuenta se mudó
La conversación pública sobre la vida larga está armada como un inventario de pérdidas: memoria, fuerza, trabajo, pareja, plata, autonomía. Lo que no queremos tiene un vocabulario riquísimo. Lo que todavía queremos casi no tiene palabras.
A eso se suma una sospecha cultural sobre el tiempo que no rinde. Fuimos educadas para que cada hora tuviera un resultado: un trabajo entregado, una casa en orden, chicos con la tarea hecha. Un período en el que no está claro qué se produce se parece demasiado al vacío, y el vacío asusta. Por eso la zona neutral se llena rápido, con lo que haya a mano: más trabajo, más cuidado de otros, una agenda de actividades que nadie eligió del todo. O se la cuenta como caída, que es la otra forma de no habitarla.
Durante décadas, la ciencia pareció darle la razón al inventario. Los estudios sobre malestar psicológico mostraban que el malestar crecía desde la juventud, tocaba su pico alrededor de los cincuenta y después bajaba. Era, más o menos, la base científica de la famosa crisis de la mediana edad. En agosto de 2025, un trabajo publicado en la revista PLOS ONE, con encuestas de Estados Unidos y el Reino Unido y datos de 44 países, encontró que esa curva del malestar ya no aparece en esas muestras: los indicadores analizados tienden a disminuir a medida que avanza la edad. La letra chica no es tan alentadora. No es que a los cincuenta estemos mejor que antes, es que los jóvenes están mucho peor. La crisis de la mediana edad no se curó. Se mudó a los veinte.
Si el malestar baja con los años, ¿por qué seguimos contando esta etapa como un descuento?

Lo que pesa es lo que quedó esperando
Hay otro dato que vale la pena mirar. El escritor estadounidense Daniel Pink investigó los arrepentimientos y encontró que suelen pesar más las oportunidades que dejamos pasar que las decisiones que tomamos. A los veinte están más o menos parejos; con la edad, las omisiones toman el control. Sus encuestas no son muestras representativas, y los estudios académicos matizan la magnitud de esa diferencia. Pero la dirección se repite: cuando pensamos en errores recientes, nos pesan las cosas que hicimos; cuando miramos la vida entera, ganan terreno las que no hicimos. La oportunidad que se dejó pasar por elegir lo seguro. Lo que quedó para más adelante y nunca llegó.
La psicología del envejecimiento agrega una pieza que cambia la lectura. Tal como explicó la psicóloga Laura Carstensen, cuando el horizonte se percibe abierto, las personas invierten en acumular: conocimientos, contactos, credenciales, por si acaso. Cuando el tiempo que queda se percibe más acotado, las prioridades se reordenan hacia lo que importa ahora y con quien importa. No depende tanto de la edad como de la manera en que miramos el tiempo por delante. Leído así, lo que en el inventario de pérdidas figura como achicamiento —menos gente, menos compromisos, menos ganas de quedar bien— es otra cosa. El deseo no se apaga en el tiempo del medio. Se afina. Quiere menos cosas, pero las quiere de verdad.
Ahí está la potencia de la zona neutral. Es el único momento de la vida adulta en el que las decisiones viejas dejan de mandar y las nuevas todavía no se tomaron. Es incómoda, y por eso mismo es fértil. Se puede preguntar qué queremos, y no solamente qué tememos.

Ensayar antes de saber
La palabra reinvención tiene mala prensa, y con razón: suena a producto nuevo, a obligación de empezar de cero con una sonrisa. Pero hay algo que el discurso de la reinvención se saltea. No hace falta tener el plan para empezar a ensayarlo. Casi nadie sabe en quién se va a convertir antes de probar; se averigua probando. El deseo rara vez aparece por introspección, sentada frente a una hoja en blanco preguntándose qué quiere de la vida. Aparece en el hacer, muchas veces de costado: en la clase a la que se fue para acompañar a una amiga, en el libro que se empezó por obligación, en la tarde libre que se suponía de descanso y terminó siendo otra cosa.
El ensayo puede ser chico. Una materia suelta en la universidad pública. Un coro. Un taller en el centro cultural del barrio. Seis meses de voluntariado sin promesa de continuidad. Un viaje sola. Dejar de ir a algo a lo que se iba por inercia y ver qué aparece en ese hueco. Revisar no es empezar de cero. Es elegir qué queda, que es exactamente lo que el segundo retorno de Saturno, si una le cree, viene a pedir.
Tampoco hay que llenar cada hueco. Después de décadas de agendas completas, a veces lo más difícil de ensayar es la tarde vacía, sin culpa y sin rendimiento. El tiempo del medio no es una sala de espera para la próxima actividad. Es también, por primera vez en décadas, un tiempo en el que se puede no hacer nada y ver qué pasa.
Y para las mujeres que aprendimos a medir el día por todo lo que resolvimos para otros, no tener que dar explicaciones por una tarde propia puede ser una forma de libertad. No todo deseo necesita convertirse en un proyecto, ni cada hora libre en una tarea nueva.

¿Quién puede darse un tiempo del medio?
Y acá aparece la pregunta que los manuales de bienestar prefieren no hacer. Una transición necesita tiempo, plata y permiso.
Llegar a los sesenta no significa estar al final de la vida: todavía pueden quedar décadas por delante. Es tiempo suficiente para más de una transición. Pero el mismo organismo registra que en su dosier de 2025 que el 10,8% de las personas en edad jubilatoria de los 31 aglomerados urbanos no tenía cobertura previsional, proporción que alcanzaba el 11,5% entre las mujeres. Y la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo de 2021 mostró que las mujeres que cuidan a alguien de su hogar le dedican en promedio seis horas y siete minutos por día; los varones, tres horas y media.
Para muchas, la zona neutral no existe: se pasa de una obligación a la siguiente sin escalas, del trabajo al cuidado de una madre, de criar hijos a criar nietos, de un ingreso escaso a una changa. Nadie les preguntó qué querían. Tampoco hubo un hueco donde preguntárselo.
Y hay otra desigualdad, más silenciosa, que no figura en ninguna encuesta: la de quienes tienen el tiempo y la plata, pero no se dan el permiso. Las que pasaron la vida anticipando lo que querían los demás y llegan a esta etapa sin práctica en la pregunta propia.
Entonces, ¿tener un tiempo para preguntarse qué se quiere es un derecho o un lujo? Y si hoy es un lujo, ¿quién decidió que a la mayoría no le corresponde?
Saturno tarda casi treinta años en dar una vuelta completa alrededor del Sol. El próximo retorno, dicen los que saben de astrología, llega cerca de los noventa. Esta vez, en la terraza, ya hay un telescopio esperando.
(c) INFOBAE
*Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en nueva longevidad. Autora de La Revolución de las Viejas.



