Cómo una publicación fundada en plena ocupación militar se convirtió en el laboratorio ideológico del sufragismo dominicano y allanó el camino hacia el 16 de mayo de 1942
Katheryn Luna*
Era 1922. Los marines norteamericanos todavía patrullaban las calles de Santo Domingo. La República Dominicana llevaba seis años bajo ocupación militar estadounidense y el país respiraba una mezcla de humillación nacional y efervescencia intelectual. En ese clima de resistencia, una maestra normalista de 39 años tomó una decisión que cambiaría la historia política de las mujeres dominicanas: fundó una revista.
Se llamó Fémina. Y su directora era Petronila Angélica Gómez Brea.
La imprenta como trinchera
Petronila no era una figura improvisada. Nacida el 31 de enero de 1883 en Santo Domingo, había construido su autoridad intelectual en las aulas de las escuelas normales de San Pedro de Macorís, donde enseñaba civismo y municipalidad. Pero entendió, con claridad de estratega, que el aula tenía paredes y la imprenta no.
Fémina apareció en un momento en que, según registros de la época, circulaban en el país 41 medios impresos. Ninguno era feminista. Ninguno hablaba de las mujeres como sujetos políticos. Petronila llenó ese vacío con papel, tinta y una convicción que no admitía negociación.
Desde su primer número, la revista estableció un tono que no era el de la queja sino el del argumento. Sus páginas no pedían compasión: exigían derechos. Y lo hacían con el lenguaje preciso de quien sabe que las palabras, cuando se imprimen, se vuelven permanentes.

«Ya es hora»: el manifiesto fundacional
El 15 de julio de 1922, en San Pedro de Macorís, salió a circulación el Año 1, número 1 de Fémina. Revista Galante y de Intereses Generales. La directora-administradora era Petronila Angélica Gómez, Maestra Normal. La acompañaban como redactor Valeria Reyes y Consuelo Montalvo de Frías.
El primer editorial se llamó, sin rodeos: «Ya es hora».
No era un título. Era una declaración de urgencia. Y el texto que seguía no dejaba dudas sobre el proyecto que comenzaba:
«Aparece esta revista científico-literaria y de intereses generales como un factor más afectivo para la familia dominicana; aparece cuando estos aires de nuestra Patria soplan las ráfagas de más insólito imperialismo; aparece cuando se necesita una labor de cooperación, y cuando se necesita afirmar con decisión y consecuencia de noble civismo y abnegación sin límites.» — Petronila Angélica Gómez, «Ya es hora», Fémina, Año 1, No. 1, 15 de julio de 1922
La ocupación militar estadounidense era el telón de fondo explícito. Petronila no separaba la causa de las mujeres de la causa nacional: ambas eran, para ella, la misma lucha. La revista nacía como acto de resistencia doble —contra el imperialismo y contra la exclusión política de la mujer— y lo decía sin eufemismos desde su primera página.
El editorial continuaba con una precisión que revelaba la hondura del proyecto:
«Verdad es que hasta ahora hemos podido, gracias a nuestra bandera izada con valor por los pueblos hermanos enclavados en el vasto continente colombino, impedir los designios de la funesta intervención que ha diezmado nuestra soberanía por más de seis años de dura servidumbre; cierto es que hemos luchado con dignidad de criterio y de nuestras lamentables desventuras es el modio proceloso para la reivindicación de nuestros derechos, hemos mantenido en alto la bandera de la rebeldía. Pero nuestra labor, todos los años y a pesar de lo que la crítica afirma exhibió un solo pensamiento, una sola acción para el logro de nuestro anhelo: no habíamos ahorrado más que diagnósticos y no puras autocríticas que han obstaculizado nuestro deber.» — Petronila Angélica Gómez, «Ya es hora», Fémina, 1922
Y cerraba con una frase que era, al mismo tiempo, diagnóstico y programa:
«La única identidad nuestra solo la consiste en algo que parece infranqueable valla a los artistas fanáticos del ocupante, una rotunda negativa. Si acaso el pueblo M., como nos llama la prensa extranjera, no ha podido de ningún modo ceder su derecho, se es un ceder no solo y a ningún acuerdo, se es un no ceder su derecho. Pero a nuestro entender eso no basta. Hay que pensar en organizar actividades colectivas con una orientación exclusiva y absoluta; es preciso tratar de eliminar ese elemento social que permanece inactivo en la ardua tarea de defender nuestras cadenas, y de ahí que hayamos concebido el propósito de publicar esta revista, laborando por la unificación nacional, ofrece mucho campo a la mujer dominicana, cuya cooperación sin podemos agente produce sin el menor esfuerzo, en acciones de gran trascendencia.» — Petronila Angélica Gómez, «Ya es hora», Fémina, 1922
El proyecto era claro: Fémina no sería un espacio de entretenimiento femenino. Sería un instrumento de organización política, una tribuna para la construcción de ciudadanía, una herramienta de unificación nacional con las mujeres como protagonistas.
209 números, una sola causa
Durante diecisiete años —de 1922 a 1939— Fémina publicó 209 números. Doscientos nueve ediciones en las que Petronila Angélica Gómez construyó, número a número, el andamiaje ideológico del feminismo dominicano.
La revista no era un espacio de lamentos. Era un proyecto político con forma de publicación. En sus páginas convivían la poesía y el editorial combativo, la crónica social y el manifiesto. Pero el hilo conductor era siempre el mismo: la mujer dominicana era ciudadana plena, y la ciudadanía sin voto era una ciudadanía mutilada.
Petronila entendía el periodismo como pedagogía. Cada editorial era una clase. Cada número, una lección acumulada en la conciencia de sus lectoras. Y sus lectoras —maestras, costureras, comerciantes, profesoras— aprendieron a nombrarse de otra manera.
«No somos la mitad decorativa de la República. Somos la mitad pensante, trabajadora y sufriente, y por eso mismo, la mitad que más merece ser escuchada en las urnas.» — Petronila Angélica Gómez, editorial de Fémina
La Liga Feminista Dominicana: de la página a la plaza
Fémina no fue solo una tribuna. Fue una incubadora organizativa. En 1925, Petronila impulsó desde sus páginas la creación de la Liga Feminista Dominicana, la primera organización feminista del país. La revista había preparado el terreno: había creado lectoras, y las lectoras se convirtieron en militantes.
El proceso fue deliberado. Durante años, los editoriales de Fémina habían argumentado que la organización colectiva era el único camino hacia el reconocimiento político. Petronila no esperaba que los derechos llegaran solos: los convocaba, los nombraba, los hacía deseables y posibles.
«Hay que fijar de un modo definitivo el verdadero concierto de solidaridad en el feminismo dominicano.» — Petronila Angélica Gómez, Fémina
Esa frase no era retórica. Era un programa. Y el Comité Central Feminista fue su primera concreción institucional.
Poco después, en 1927, la educadora y activista Abigaíl Mejía —quien había regresado de España en 1925 con una formación académica sólida y una convicción feminista afilada— fundó el Club Nosotras y, en 1931, la Acción Feminista Dominicana (AFD). Las dos corrientes del feminismo dominicano —la de Petronila, arraigada en el periodismo y la pedagogía popular; la de Abigaíl, más vinculada a la teoría y la élite intelectual— convergían en un mismo horizonte: el voto.
El «Voto Ensayo» de 1934: el ensayo general
El 16 de mayo de 1934, al amparo del Decreto No. 456 del presidente Rafael Leónidas Trujillo, las mujeres dominicanas protagonizaron el primer «Voto Ensayo» de la historia del país. Fue una elección simbólica, sin validez constitucional, pero de una potencia política extraordinaria. El propio decreto establecía que la reforma constitucional del Estado estaba en discusión, y que el voto debía ser otorgado —o negado— por decisión de los hombres. Las mujeres respondieron con una demostración que nadie pudo ignorar.
Fémina lo registró con la minuciosidad de un acta notarial. En la capital, las mesas se instalaron en distintos puntos de la ciudad. La Mesa No. 1, presidida por Rafaela A. Luna, Felicita Martínez y Ana J. de Bourget, recibió 195 votos. La Mesa No. 2, con Livia Vélez, Consuelo Barnardian, Lilliam Espaillat y Ofelia Vélez, sumó 194. Así, mesa por mesa, barrio por barrio, la revista fue consignando los nombres de las mujeres que acudieron: Delia Weber, Luz M. Malinar, Amalia Aybar, Dolores Ureña de Henríquez, Aurora Miranda, María Ismaela Castillo, Patria Mella, Ana Patria Báez, Carmen Rodríguez, Altagracia Pérez Cabral, Amparo de Frías, Encarnación C. de Castillo, Consuelo de Grullón, Petronila Angélica Gómez.
Nombres reales. Mujeres reales. Ciudadanas que no esperaron el permiso legal para ejercer lo que consideraban un derecho natural.
El total de votos habidos en todo el país ese día ascendió a 96.427. La propia Petronila lo consignó en Fémina con una frase que era, al mismo tiempo, crónica y manifiesto:
«El total de votos habidos en todo el país montó a 96.427. Esta cifra constituye un triunfo de las mujeres dominicanas, que por primera vez concurrieron, aunque a modo de ensayo, a manifestar su deseo de que sea reformada la Constitución en los artículos que la desfavorecen. Este gran esfuerzo de la dominicana pone de manifiesto el noble civismo de las mujeres de los demás países civilizados, siendo este el primer movimiento de sufragio femenino de ensayo, que se celebra en la República Dominicana con resonante éxito.» — Petronila Angélica Gómez, Fémina, 1934
El régimen trujillista observó el fenómeno con calculada atención. El dictador, que tenía un olfato agudo para convertir las demandas sociales en instrumentos de legitimación, vio en el sufragio femenino una oportunidad propagandística. Esa tensión —entre la lucha genuina de las mujeres y la apropiación política del régimen— marcaría los años siguientes.
1940: la encuesta que anticipó la historia
El 2 de diciembre de 1940, ya con la Fémina de Petronila cerrada, el diario La Nación publicó una encuesta entre sus lectores: ¿Debería reformarse la Constitución para permitir el voto femenino en las elecciones de 1942? La pregunta era, en sí misma, una señal. El debate ya no era si las mujeres debían votar, sino cuándo.
Fémina había cerrado en 1939, pero su trabajo estaba hecho. Diecisiete años de editoriales, de organización, de pedagogía política habían transformado el sentido común dominicano. La revista ya no era necesaria porque su argumento había ganado.
16 de mayo de 1942: la cosecha
El 16 de mayo de 1942, las mujeres dominicanas votaron por primera vez en unas elecciones oficiales. Era el final de un camino que había comenzado veinte años antes, en una imprenta de San Pedro de Macorís, con el primer número de una revista que nadie hubiera apostado que cambiaría la historia.
No fue casualidad que la fecha coincidiera exactamente con la del Voto Ensayo de 1934. Ocho años después, el mismo día, el ensayo se convirtió en realidad.
Petronila Angélica Gómez tenía 59 años. Poco después de la conquista del voto, perdió la visión. Se retiró de la vida pública, pero siguió escribiendo —dos libros más, ya ciega— como si el periodismo fuera una forma de ver que no dependía de los ojos.
Murió el 1 de septiembre de 1971, a los 88 años. Había vivido lo suficiente para ver que las palabras que había impreso durante diecisiete años habían hecho exactamente lo que ella esperaba: germinar.
El legado: periodismo como acto político
La historia de Fémina es, antes que nada, una historia sobre el poder del periodismo. No el periodismo como registro pasivo de los hechos, sino el periodismo como agente de transformación: el que nombra lo que todavía no existe para que pueda existir
Petronila Angélica Gómez no esperó que la historia le diera espacio. Lo creó, número a número, editorial a editorial, en 209 entregas de una revista que fue, al mismo tiempo, un medio de comunicación, una escuela política y un movimiento social.
Hoy, una calle en el sector La Castellana y una sala de reuniones en el Ministerio de la Mujer llevan su nombre. Son reconocimientos justos. Pero el reconocimiento más profundo está en cada mujer dominicana que ha votado desde 1942: todas ellas, sin saberlo, ejercen un derecho que Fémina sembró.
En 2022, el Estado otorgó la Medalla Póstuma al Mérito de la Mujer a Petronila Angélica Gómez Brea, tras la publicación de la tesis doctoral y el activismo académico que dio fruto a la plataforma Ciudadanía Fémina.
«Nunca mueren los que dejaron el rastro de su luz sobre la tierra, viven en el cielo de la gloria; son páginas gigantes de la historia que les dan brillo eterno en sus anales, aves raras de vuelos inmortales, soles eternos que el arcano encierra.» — Petronila Angélica Gómez Brea, «Funeraria», Fémina, septiembre de 1923
(c) acento (16.05.2026)
*Katheryn Luna: Editora de Economía. Periodista. Comunicadora Social, con maestría en Comunicación Corporativa. Experiencia en temas educativos, salud, turismo, tránsito, transporte, gestión de desechos, agua y economía. Premios AIRD, Funglode, FIL, Indocal, Unicef, Juan Bosch, Raphy Durán y PEL.


