El director del Centro para la Democracia y la Resiliencia de GLOBSEC, uno de los mayores especialistas europeos, advierte que la inteligencia artificial ha industrializado la producción de mentiras y que América Latina puede ser el próximo laboratorio de las tácticas rusas probadas en Europa del Este
Andrea Bonzo. Infobae
Wojciech Solak lleva más de una década en las trincheras de la guerra de la información. Como director del Centro para la Democracia y la Resiliencia del think tank europeo GLOBSEC y doctorando en el King’s College de Londres con una tesis sobre guerra informativa, es uno de los mayores expertos de Europa en manipulación informativa e injerencia extranjera. Invitado por la Embajada de Polonia, participó en Buenos Aires en la 3.ª Conferencia Internacional sobre Manipulación Informativa e Injerencia Extranjera, y previamente se reunió con estudiantes universitarios de Rosario y Córdoba. “Es importante sacar esta conversación de las burbujas donde se suele discutir y llevarla a las comunidades locales”, dijo.
En diálogo con Infobae al margen del evento, Solak trazó un panorama inquietante: narrativas rusas diseñadas para fracturar alianzas, redes de sitios web clonados que imitan a medios legítimos, y una maquinaria de propaganda que, potenciada por la inteligencia artificial, puede producir millones de artículos sin intervención humana. “Vivimos en una época en la que tenemos que aceptar que la desinformación no va a desaparecer”, advirtió. “Será una característica permanente del espacio informativo, para siempre“.
Para Solak, el caso polaco ofrece lecciones directamente trasladables a esta región. “Lo que vivimos en Polonia y en Europa Central es lo que esta región podría experimentar poco después”, señaló. “Países como Polonia son una especie de campo de pruebas: ven qué funciona y qué no, y si algo funciona, se convierte en una plantilla que puede implementarse en otros lugares, incluida América Latina”.
—¿La guerra de la información es una evolución de la propaganda tradicional o un fenómeno completamente nuevo?
—En Polonia, este ha sido un problema con el que hemos lidiado durante más de una década, y se intensificó desde 2014: los eventos de Maidan [las protestas pro UE en Ucrania], luego la anexión de Crimea. Desde entonces, las narrativas malignas y la desinformación [rusas] han crecido significativamente. Lo que hemos observado es una oferta de narrativas que no solo buscan desinformar, sino crear caos y divisiones dentro de la sociedad, aumentando la polarización entre diferentes segmentos de la población.

—¿Puede dar ejemplos concretos de esas narrativas rusas?
—Una de las narrativas más comunes son las dirigidas contra Ucrania y sus refugiados en Polonia —alrededor de un millón de personas—, presentándolos como causantes de problemas: abusando de la asistencia social, siendo responsables del aumento de la criminalidad, quitando puestos de trabajo. Otra línea muy típica busca mostrar a Occidente como moralmente corrupto, y a la UE y la OTAN como amenazas a la soberanía nacional. Cuando se presenta a esas instituciones como quienes intentan quitarte la independencia, se genera una percepción negativa de ellas.
—¿Cuán efectivas son?
—En el caso de Polonia, las narrativas anti-OTAN no tienen mucho éxito: el país sigue estando entre los de mayor apoyo a la alianza. Pero es una tendencia que debemos monitorear: si el año que viene vemos un descenso, entonces podremos empezar a atribuirlo a estas narrativas.

—¿Cómo miden si esas narrativas están logrando cambiar la percepción de la gente hacia la OTAN o la UE?
—En GLOBSEC tenemos el proyecto GLOBSEC Trends: realizamos encuestas para ver cómo percibe la gente a la OTAN, a la Unión Europea, cuál es su actitud hacia la democracia. Observamos estos aspectos en muchos países a lo largo del tiempo y, desde que empezamos hace unos años, podemos ver cómo están cambiando las cosas. Si el apoyo a la OTAN disminuyera de 2020 a 2025, eso ya sería un indicador de que ciertas narrativas probablemente se están afianzando. Por supuesto, como toda herramienta, tiene deficiencias: no se pueden atribuir los cambios en la percepción únicamente a la desinformación.
—¿Cómo ha cambiado la táctica rusa en esta década, y qué papel juega la inteligencia artificial?
—La IA es sin duda una de las herramientas que ayuda a difundir la desinformación porque reduce el costo de crearla. Un buen ejemplo es la operación Pravda: una red de alrededor de 87 dominios en todo el mundo que en total han producido alrededor de ocho millones y medio de artículos. No se puede crear ese volumen con seres humanos; es una clara indicación del uso de IA. Será cada vez más difícil distinguir si el contenido fue creado por un humano o por una máquina. Lo mismo ocurre con las imágenes: antes se podían detectar errores; ahora son tan sofisticadas que no se puede distinguir. Otra operación que ilustra esta sofisticación es Doppelgänger: sitios web que clonan a la perfección medios legítimos reproduciendo diseño, fuentes y estilo. La única diferencia es la URL, un detalle que la mayoría de los lectores no verifica cuando llega a un sitio a través de Google. Esto es sin duda algo que Rusia ha estado utilizando para hacer que la desinformación sea más creíble y tenga mayor impacto.
Hay además otra tendencia reveladora: si hay una cumbre de la OTAN, inmediatamente se observa un aumento en las narrativas anti-OTAN, que comienzan unos días antes, alcanzan su punto máximo durante la cumbre y luego disminuyen. Eso demuestra que la maquinaria de propaganda es muy flexible, muy diferente a la época soviética, cuando no había internet y todo giraba en torno a una sola historia desarrollada cuidadosamente. Hoy, en cambio, se pueden desplegar narrativas que incluso se contradicen entre sí: que la guerra fue provocada por la OTAN, que fue provocada por Ucrania. Completamente contradictorias. Ese es el propósito: crear una sobrecarga cognitiva que lleve a la gente a concluir que es imposible saber la verdad. Ese es también un objetivo de la propaganda.

—¿Qué pueden hacer los Estados para proteger a sus ciudadanos?
—La herramienta principal que tiene un Estado es, ante todo, la educación. Si se quiere construir una sociedad resiliente ante la desinformación, hay que darse cuenta de que la resiliencia es un proceso que se construye con el tiempo. Hay que invertir desde la educación temprana —desde la escuela primaria—, donde esto se convierta en parte del plan de estudios. No solo se les enseña a los niños cómo funciona la desinformación; también se les enseña higiene digital: cómo mantenerse a salvo en los espacios en línea. Y luego, específicamente, aprender sobre los mecanismos de la desinformación, porque no sigue un patrón fijo; evoluciona con el tiempo. Para ser resiliente, hay que seguir esa evolución.
El país que da ejemplo en este sentido es Finlandia. Han desarrollado un modelo de defensa total que no solo se refiere a la resiliencia informativa, sino a cómo reaccionar ante cualquier crisis —ya sea un desastre natural, una guerra o un ataque híbrido—. Muchos países los ven como modelo a seguir.

—Si un gobierno latinoamericano le pidiera consejo para proteger sus próximas elecciones, ¿por dónde empezaría?
—Lo primero sería asegurarme de que el Estado comience a comunicar sobre esta amenaza potencial antes de las elecciones, en cooperación con actores locales: medios locales, ONG, personas influyentes. El mensaje no debería provenir solo del Estado central, porque en América Latina, al igual que en otros lugares, suele haber mucha desconfianza hacia el gobierno. Simplemente decir: “Se acercan las elecciones y tengan en cuenta que muy probablemente habrá un intento de influencia externa”. Concientizar a la gente ya es un primer paso.
Otro elemento crucial es la transparencia. Cada vez que se descubre una interferencia, hay que hacerla pública. Lo que puede suceder es que la desinformación beneficie a algún partido político y, si beneficia al partido gobernante, puede que no quieran revelarlo. Pero si se quiere tener una sociedad con al menos algo de confianza en el gobierno, se necesita transparencia. Esto genera confianza y credibilidad, y garantiza que el proceso electoral sea más justo para los ciudadanos.
(c) INFOBE (18.04.2026)



